Si la primera 'Scream' arrancó con una escena de 12 minutos llena de sorpresiva artesanía, la cuarta chapotea en su propia leyenda, ofreciendo partidas falsas e ironías estériles.
La película logra que los fans se sientan cómodos. Todo está respaldado por una escenificación convincente y una narrativa que fluye de manera efectiva. Al final, el problema no radica en la película ni en la saga, sino en quienes hemos contribuido a su recepción.
Un cine de vieja escuela que consigue enganchar sin más. Que se entrega a sus objetivos sin mayores muletillas ni comodines, sin mayores pretensiones y con toda la fe.
La cinta exhibe caracterizaciones atractivas y sabe darse atmósferas envolventes, pero ni ésos ni otros logros la inoculan contra un manierismo que no decide desde dónde mirar y que, cuando lo hace, se distrae con la frase sentenciosa y la imagen por la imagen.
La cinta se sostiene en las interpretaciones de Wahlberg, Kurt Russell y Kate Hudson, creando un retrato humano algo convincente. Asimismo, busca un realismo inquieto que intenta llevar la película hacia una intensidad y singularidad que, al final, no logra alcanzar.
La originalidad de la propuesta, apoyada en las interpretaciones de chiquillos sin trayectoria actoral, conviva problemáticamente con un canto a la vida de alcances acotados y con la aparente suposición de que, mientras más se mueva la cámara, más realista será la representación.
No se puede obviar la falta de auténtica tensión emocional en los momentos clave. Es lamentable, especialmente teniendo en cuenta que se trata de un amor que podría haber brillado en pantalla.
Un cóctel extraviado de buddy movie y de registro epocal de anticipación, que para peor puede producir desconsolada nostalgia por 'Blade runner' o 'Minority report'.
Quienes siguen a Ritchie no deberían decepcionarse. Hay flashforwards que funcionan de manera efectiva y ralentizaciones que se entrelazan con música de DJ.
La película emplea de manera festiva el recurso de la memoria emotiva como eje central de una dramaturgia eficaz, resultando en una travesía narrativa que, aunque contiene sus tópicos y repeticiones, eleva el material que utiliza.
Una fábula sobre sueños aspiracionales que muestra retazos de comedia impredecible, lo que tiene su gracia. Pero también se aletarga y adocena con gran facilidad, lo que en este género es fatal.
Alguna audacia hay en su propuesta de esteta consumado y en su voluntad de que las escenas duren lo que tengan que durar y que los planos sean los que tienen que ser. Que el rigor cotidiano imponga su ley y que la acción, cuando llegue, resuelva.
Recurre a viejos trucos, a metáforas rancias y a discursos voluntaristas con fondo de Spinetta y Charly García. Todo diseñado para vencer, aunque sin convencer.