Es un muy buen filme, acotado a pocos personajes, con una trama que no se complejiza, sino que se abre y desarrolla para entender aquello del título en castellano, diálogos simples y estrictamente necesarios.
Polanski no tomó riesgos en el aspecto formal y se apoyó en su habitual director de fotografía, Pawel Edelman, así como en la música compuesta por Alexandre Desplat. Sin embargo, lo que más destacó fue su apuesta por un elenco sólido.
Aunque desbalanceada, la historia capta la atención en sus momentos humorísticos más logrados. Es una crónica de superación, pero también muestra bajezas, como escupir hacia arriba sin usar un recipiente.
El relato presenta elementos característicos de cualquier obra de Cronenberg: el sexo, las dinámicas de poder, el abuso, y la compleja mezcla de amor y odio. Además, al profundizar en la trama, surgen temas como el doble y la búsqueda de identidad.
Es más que una remake. Sanguinaria, muestra la mutilación, las heridas y el horror que enfrentan los soldados, así como su desesperación y solidaridad. El director crea una suerte de parábola.
Un filme que, sí, asusta en buena ley, ofrece una experiencia aterradora gracias a su atmósfera bien construida y giros inesperados. La trama, aunque algo predecible en algunos momentos, logra mantener al espectador en vilo. Las actuaciones son sólidas y la dirección efectiva, haciendo que cada escena cuente en el desarrollo de la tensión.
Pero lo mejor es que Haneke no da nada por sentado, ni siquiera muestra la violencia. Presenta los prolegómenos y las consecuencias de esos actos criminales, desnuda la asfixia del ambiente.
Daisy Ridley quizá no alcance una nominación al premio de la Academia de Hollywood, pero bien que le pone el pecho a las adversidades, dentro de su personaje.
El director de fotografía mexicano Rodrigo Prieto se destaca en sus elecciones de color, especialmente en una escena que resulta deslumbrante. Es una película que realmente merece ser vista en la pantalla grande.
Campion escapa a las convenciones del western, eligiendo en su lugar narrar una historia de miserias, recelos, temores y amor. La cineasta neozelandesa no da nada por sentado. Presenta un ritmo pausado y diálogos que son preciosos y lacónicos.
La sutileza de Vikander va de la mano del agobio y la aflicción de Fassbender, así como la congoja de Weisz, en esta tragedia bellamente filmada que mantiene al espectador cautivo durante toda la proyección.