La magia reside en recordarnos que, bajo las chimeneas de cemento, los dioses continúan observándonos desde los estratos del tiempo. Esta es, sin duda, una de las películas más hermosas del año.
El formato amplio y la viveza de los paisajes tinerfeños acentúan de manera poética el hastío de los protagonistas, al tiempo que evidencian el aislamiento de una tierra de una belleza cautivadora.
La película no es particularmente sutil, pero incluso al recrear la violencia más extrema, somos conscientes de que la realidad en ese país supera tales niveles de crudeza y sordidez.
Frustrará tanto a los seguidores de la obra original como a los interesados en las aventuras del cine digital, y por razones similares: su condición de oxímoron absoluto, que se acerca a lo intolerable.
Sin desviarse de las convenciones de este tipo de relatos y con un enfoque formal sin excesos ni innovaciones, Iván Porras narra la historia de ‘Gacela Miranda’.
La urgencia con la que fue rodada es uno de los puntos fuertes de un trabajo que consigue extraer de sus protagonistas unas interpretaciones vívidas y honestas.
La película se enfoca, de manera sutil y pausada, en la conexión entre sus protagonistas, tanto en sus cuerpos y gestos como en sus temores, prejuicios y afectos olvidados. Un melodrama excepcional.
Una puesta en escena encomiable que sabe aprovechar al máximo los elementos del género para ponerlos, sin cinismo, al servicio del mensaje. Un gran thriller judicial.
Es un revelador estudio sobre la fuerza productiva del cuerpo de las mujeres, visto a través de su perspectiva en el Cabaret Barba Azul. El primer tramo de la película resulta fascinante.
La película trata de resaltar lo cómico de la aventura, con bromas frescas y desafíos inesperados. Es una mezcla de 'Intocable' y 'American Pie'. La premisa es impactante, una vez más, pero logra salir adelante.
Para un artista cuya obra se basaba en la ingenuidad, la película que retrata su vida presenta una estructura más funcional que impactante. No logra trascender el ensimismamiento de Cheval.
La palabra recitada y el montaje envuelven en elementos cinematográficos un texto que surge de la austeridad escénica, impregnando la película de la intensa y arrebatada poética de Ortiz.
Un duelo que, en pantalla, elude el drama para abrazar la ternura. La cineasta nos muestra generosamente sus vínculos amorosos, creando un conmovedor ejercicio de la memoria.
En 'Loving Vincent', la técnica utilizada es una auténtica obra maestra que hipnotiza con sus trazos espesos y vibrantes. La película logra dar vida al arte de una manera extraordinaria.
Deluc utiliza una gama de azules verdosos para representar esta primera aventura fallida del artista, sin embargo, su retrato queda limitado al típico perfil hagiográfico de un artista incomprendido.
Excepcional película, pero el valor de 'My Mexican Bretzel' reside también en su pericia para trasladarnos a un mundo y a un tiempo imposible, que solo existe en sus imágenes.