El film de Ridley Scott es puro exceso y melodrama, tragedia griega y ópera bufa; la mejor de las razones de su capacidad de entretenernos reside en el desenfado de Gaga a la hora de construir a Patrizia Reggiani, el corazón ardiente de la película.
Eastwood expone la fragilidad de su propia leyenda, ironiza su propio mito de conquistador y revela bajo la piel dura de este epígono del Bill Munny de Los imperdonables las lágrimas contenidas de un macho que no quiere morirse solo.
Es a la hora de las explicaciones cuando la película peca de ser demasiado literal, intentando atar todos los cabos sueltos de manera excesiva. Sin embargo, a pesar de estas exigencias autoimpuestas, logra mantener ese ambiente que los cineastas españoles han sabido crear con gran éxito.
Los responsables de las inefables secuelas y derivaciones de 'El conjuro' han decidido contagiarla de esa puesta previsible y efectista que quiere asegurar la receta, plagada de recursos maniqueos y sin ninguna verdadera oscuridad que asome.
Las claves de su puesta en escena son el uso del silencio y la oscuridad como formas de tensar las fronteras entre la cordura y el delirio, entre la rendición y la resistencia. La película consigue que tiempo y espacio se dilaten en la experiencia de cada personaje.
Más cercana a la fábula pop que a la crónica de sucesos, 'El ángel' no intenta dar respuestas sino que asume la fascinación y la inquietud de saber que hay misterios que son el límite y el fin de todo intento de explicación.
Annette Bening aporta una dignidad tan kitsch y extravagante que, en ciertos momentos, logra trascender la pantalla. Su interpretación, marcada por calidez y fragilidad, refleja tanto la necesidad de vivir que caracteriza a su personaje como la muerte que envuelve su mito.
Inviste a sus trágicos protagonistas de un horror estilizado que por momentos confunde con la poesía, y que retiene el nervio y la fuerza que hubiera alcanzado en un retrato más implacable y descarnado.
Pocas películas consiguen tanto con tan poco. Y 'The Souvenir Parte II' consigue además estar a la altura de su extraordinaria predecesora y agregar una dimensión inusual en el cine autobiográfico.
Por más pueril que parezca, es la historia de amor que une al matrimonio. La actuación convincente de Vera Farmiga y la línea narrativa que sigue ese vínculo llevado al límite son lo que impide que la película naufrague por completo.
Es de esas películas que a menudo pasan desapercibidas, construida con inteligencia y rigor, capaz de revelar el ojo de un director con talento e ideas.
'Mandy' permite vislumbrar un arriesgado ejercicio de apropiación que aborda a Lovecraft a partir de sus profundas influencias en el horror contemporáneo, sin la solemnidad ni el beneplácito habituales, sino con un disfrute que resulta ser extraordinariamente bienvenido.
Comienza llena de explicaciones y obviedades para recién encontrar la potencia en la soledad final, entre la violencia del entorno -filmada con el pulso del horror- y el afán último de supervivencia.
Es entretenida aún con sus altibajos, tiene una excelente partitura y números ingeniosos, pero nunca abre esa puerta imposible para el género que todo el tiempo parece proclamar.