Al igual que en la original, el final resulta algo empalagoso, pero el inicio es verdaderamente magnífico. Se puede admirar por su meticulosa elaboración y técnica, funcionando como una auténtica máquina de generar nostalgia.
Un juego de ingenio que combina dulzura y tristeza, resultando en una obra insustancial pero encantadora, acompañada de una bella fotografía. Se siente una nostalgia algo pedante hacia la época dorada del Hollywood de los años 30.
Un petulante y vacío ejercicio de violencia macho-sentimental. Como con todas las películas basadas en hechos reales, surge la pregunta de cuál es el hecho real.
Demuestra que todavía hay vida en los dramas de época británicos hechos a la vieja usanza. Está interpretada y dirigida con perspicacia, energía y ligereza.
La película presenta un humor auténtico, aunque en algunos momentos se siente un poco excesivo. El guionista Ronald Harwood logra desarrollar de manera efectiva la dimensión emocional de la historia.
Incluso los detractores de Von Trier, como en mi caso, deben reconocer que se trata de una obra intrigante, técnicamente lograda y con actuaciones destacadas.