No logra igualar los logros del universo Miyazaki. Su ritmo no es trepidante y algunas situaciones se reiteran en exceso. En definitiva, es un trabajo que se puede considerar prescindible.
Abunda en momentos muy bien concebidos visualmente y que generan ese espasmo químico de inquietud sin el cual el cine de terror clásico sería cualquier otra cosa menos cine de terror.
La combinación de comedia escatológica y aventura fantástica logra funcionar solo en ocasiones, a pesar de que los actores parecen disfrutar mucho su actuación.
El punto de partida resulta interesante, aunque la narración presenta altibajos significativos y algunos actores tienden a sobreactuar. Se trata más de una película centrada en un guion ingenioso que en una dirección con un estilo teatral medido.
Es una de esas combinaciones que no logran fusionarse de manera efectiva entre el cine de acción y la comedia. El resultado es un filme que presenta más estilo que contenido.
Muy larga para lo que cuenta, podría desprenderse de muchas secuencias en estático para concentrarse en lo que interesa, que son la docena larga de momentos de acción.
Estaríamos cerca de una nueva y brillante concepción del neorrealismo, lo que la convierte en una de las producciones independientes estadounidenses más destacadas de los últimos años.
McKay combina diferentes elementos para transformar el filme en una metáfora fascinante de nuestra época. Es la esencia de McKay. Cuenta con un elenco excepcional que defiende una buena causa.
Intenta establecer conexiones entre el relato clásico y la actualidad. Por ello, resulta simpática, nada pretenciosa, y evita caer en el retro o en el formalismo.
Guy Ritchie saquea Camelot. Ritchie regresa a la exageración y la provocación superficial, con una estética sobrecargada y un artificio que ha quedado obsoleto.
Algunas situaciones son muy ingeniosas y otras, aunque previsibles, funcionan con la precisión que exige la complicidad. Condensa todo lo que esperamos del cine de horror, sin defraudarnos.
Recurrir al susto permanente no es una buena opción. El retrato de la institutriz y los dos niños carece de sutileza. Sin atmósfera, sin tensión y sin gracia, ¿qué queda del hermoso texto de James?
Crea sobre todo un estado de ánimo perturbador en el que, además de las cualidades de la animación clásica, el tratamiento del sonido y la dirección de arte resultan absolutamente fundamentales.
La gran baza de 'El libro de imágenes' no está en sus significados -o en la falta de ellos- sino en su inmensa capacidad para avasallar nuestros sentidos.
Lo que debería ser un documental sobre un buque carguero se convierte, gracias a un enorme trabajo con el sonido y unas formas visuales dantescas surgidas de la nada, en un verdadero relato de fantasmas.