Película pequeña, mesurada y tensa, aunque carece de sobresaltos. Su ritmo pausado puede resultar intrigante para algunos, pero para otros puede ser una experiencia un tanto monótona. A pesar de su atmósfera contenida, la trama no logra captar del todo la atención del espectador.
El filme presenta la frescura típica de una ópera prima. En ocasiones, se siente como una colección de instantes aislados en lugar de una narración cohesiva. A pesar de sus imperfecciones, deja entrever un potencial para futuros logros, tanto de manera individual como colectiva.
El papel de Coltrane es esencial, al igual que la impecable mecánica narrativa que presenta la película. La vida es retratada en su totalidad de una manera sorprendente por la cámara cinematográfica.
Preciso, precioso, naturalista y también amargo retrato de la deriva de una adolescente en el tránsito difícil de los 11 a los 12 años. Un soplo de sinceridad fílmica.
La película busca una épica que resulta un tanto incómoda, especialmente al exagerar hasta el más mínimo detalle, acompañada de una música que, en su afán de ser grandilocuente, desvirtúa la frescura y espontaneidad que se pretendía.
La película sigue la tradición de las obras que parodia y presenta chistes de dudosa calidad junto a momentos que resultan algo graciosos. Se mantiene en la fórmula habitual.
No es exactamente una película dramática. La falta de prejuicios al abordar una historia de este tipo se enfrenta a un exceso de sensibilidad, algo riesgoso cuando puede derivar en sensiblería.
Uberto Pasolini se apoya en la excelente actuación de sus dos protagonistas para tratar temas profundos como la muerte y la separación, presentándolos con un tono luminoso y ligero.
Larraín observa por primera vez el Chile contemporáneo y los movimientos urbanos en este filme, que destaca por el extraordinario trabajo de la actriz Mariana Di Girolamo.
Tiene muy buenas ideas y peores resoluciones. Hay imágenes cautivadoras y perturbadoras, pero el tono general carece de la rugosidad que su trama sugiere.
García mueve bien las piezas, aunque incurre en un ternurismo ausente en sus primeras películas. El filme es tan contenido como previsible, con alguna solución de guión impostada.
Un fresco histórico que se debate constantemente entre sus aires de gran producción y su carácter de manifiesto político con una lectura feminista actual. Un debate que las imágenes nunca acaban de zanjar.
Una película desequilibrada, solvente en algunos momentos pero insuficiente en otros. Es un reflejo de cierto cine estadounidense y, a la vez, demuestra un claro intento de crear un estilo propio y diferenciado.
La complicidad de Christina Rosenvinge con la directora es esencial para lograr la apariencia de naturalidad que caracteriza a la película. Todo transcurre de manera orgánica y conmovedora.
La animación no genera distanciamiento; más bien, lo opuesto. Aunque algunos elementos de la revolución no se explican con claridad, se destaca la figura del reportero como un personaje poderoso.
La producción es notable, pero la forma de abordar el tema seleccionado resulta insípida. Habría sido recomendable una mayor moderación en el argumento, así como eliminar algunas situaciones que resultan demasiado inverosímiles.