Es una bizarra obra maestra. No es una película que atraiga a todos, pero la violencia, al estilo de Peckinpah, se transforma en un verdadero ballet psíquico.
No es una película destinada a los más pequeños, ni tampoco una obra de explotación. Se trata de un inquietante y sofisticado intento de reunir las pesadillas que se esconden tras la historia de 'Caperucita Roja'.
La razón de su gran impacto radica en que Fassbinder tenía claro el mensaje que quería transmitir con su título. La realizó con rapidez, lo que le permitió enfocarse únicamente en expresar la verdad.
No puedes dejar de mirarla, porque nadie en el público -y posiblemente nadie en la pantalla-, tiene la menor idea de lo que va a suceder a continuación.
Bowie, esbelto y elegante, captura la esencia de este alienígena de manera tan efectiva que parece que fue creado específicamente para interpretar este papel.
No hay un solo plano desperdiciado en la película de Wilder. La narrativa avanza sin perder tiempo en exposiciones innecesarias, lo que permite que conserve toda su fuerza a lo largo del filme.
Los personajes evolucionan con mucha sutileza. Sin embargo, el mensaje de Heinrich Boll no se integra del todo con la narrativa general de la película.
La premisa resulta divertida y tiene potencial, pero el enfoque del director sueco Lars en un romance cálido no logra aprovechar la peculiaridad de la narrativa.
Es una obra deslumbrante, llena de ira y melancolía, que evoca una poesía perturbadora, como si el Marqués de Sade hubiera creado paisajes en suaves tonos pastel.
Las dos interpretaciones principales son clave para el éxito de la obra. El guion, elaborado por Corneau y Nathalie Carter, destaca por su meticulosa atención a los detalles.
La película destaca por sus tres arcos argumentales: la investigación, los problemas de salud y la relación que se desarrolla de manera gradual a través de estas tramas. Cada uno de estos elementos se entrelaza para ofrecer una narrativa rica y conmovedora.