Las palabras de Richards transmiten una sinceridad tan profunda que, en ocasiones, los efectos de iluminación y la fotografía parecen desentonar, añadiendo colores que interrumpen la armonía de una melodía simple y hermosa.
Caótica e inocua mezcla de géneros y elementos. Cortes incomprensibles, errores de continuidad y movimientos de cámara tan audaces como inútiles, sumados a una inconsistencia en lo que nos quieren contar inexplicable, convierten la visión de la película en una experiencia desesperante.
Es una película que exige de nosotros más de lo que acostumbramos a darle al cine. Una película que nos trata como a seres pensantes, como a personas inteligentes.
Aunque sea apenas su segunda película, Garland maneja bien los códigos visuales del género y es capaz tanto de asombrarnos. Lo que no consigue es lograr que sus personajes nos importen lo suficiente como para que nos preocupe su destino.
Se valora que presenten una historia de boxeo que se centra en los personajes detrás del luchador. Sin embargo, la manera en que eligen desarrollarla resulta tan superficial que parece dejar de lado el objetivo de ganar por nocaut.
El guion de Sheridan se caracteriza por no hacer concesiones a lo políticamente correcto. No busca presentarnos una lucha simplista entre buenos y malos, sino que retrata a individuos en lados opuestos de la ley que, a pesar de sus diferencias, comparten un profundo sentido del deber.
El trabajo visual meticuloso que suele ofrecer Guillermo del Toro se refleja en esta historia de una mansión embrujada, un estilo que ya no se encuentra en el cine de Hollywood.
Es como si en Pixar, ante el atropello estatal norteamericano a los latinos, hubieran querido recordarle a todo el mundo cuáles son los valores, la estética y las cualidades que la mayoría de esa población latina, los mexicanos, conservan y aportan a la cultura universal.
Aunque hay escenas mejor construidas que otras, el guión es claro, ágil y capaz de tocar problemáticas relevantes sin renunciar a la diversión. Y si a eso le sumamos la capacidad de generar risas de las protagonistas, algunas escenas simples se vuelven inolvidables.
Kenneth Branagh con 'Cenicienta' prueba lo que sabíamos de niños. No importa si nos cuentan el mismo cuento cada noche, siempre que nos lo cuenten bien.
No es que no haya poesía en la vida cotidiana. Es que todos, como el inigualable personaje principal de esta cinta hermosa, un poeta que conduce un bus en una ciudad pequeña, tendríamos que aprender a leerla en cada instante.
Una descarga emocional para el espectador, que nunca está seguro de si la consagración sangrante de Andrew es una locura o es simplemente la necesidad de abrazar la oscuridad, que aquí usa camiseta negra ajustada, para perder todo temor y poder, al final, producir luz.
Agudo como es, Baumbach no deja títere con cabeza. En el balance final, lo que más perdura es la crítica mordaz a esos adultos que hemos llegado a ser, y a esos jóvenes que alguna vez fuimos.
El problema radica en que al enfocarse en la premisa de que la música lo dictate todo, Wright descuida la necesidad de aportar "vida real" a sus personajes, dejando de lado su desarrollo para que sean más que simples componentes de una fórmula.
Con 'Una buena receta' ocurre como con los platos de restaurantes mediocres. Uno piensa que la comida no estuvo tan horrible hasta que horas después empieza a repasar mentalmente lo mal hecho que estaba todo.
Es todo tan calculado para conmover que inevitablemente sospechamos de la intención, pero Lellouche esquiva la sospecha con buenos diálogos y secuencias imaginativas, que le funcionan muy bien gracias a su excelente reparto.
Cuando el director opta por un viaje inesperado para encubrir sus debilidades narrativas, parece evidente que si hubiera sido más fiel a la historia real que lo inspiró, podría haber alcanzado mejores resultados.
La destreza de Baumbach como guionista se manifiesta en el momento de vida que elige para situar a sus personajes y en su ingeniosa manera de revelar su pasado, evitando las obviedades que frecuentemente emplean las películas más convencionales.