Es una de esas películas británicas amablemente tribuneras, hechas para agradar y hacer sentir bien a los espectadores. No se me ocurre tarea más noble salvo, claro, hacer grandes películas. En este caso el saldo es positivo.
Una película llena de promesas no es buena si finalmente no logra responder a lo que ha prometido. Esta especie de Shyamalan feminista parece más el capítulo piloto de una serie que una obra cinematográfica de calidad.
Todo el tiempo se siente el esfuerzo de la película por ser graciosa. Cuando eso se nota, la comedia está arruinada. Tanta fuerza agota al espectador y a la historia.
Una película tan cruel, sádica y pretenciosa tiene el potencial de arrasar con los premios. Aunque la sordidez puede funcionar mejor en los libros, cuando se somete a los mitos del cine de esta manera, es complicado que resulten bien parados.
Queda muy lejos de lograr el drama buscado. Lo demás es rutina, momentos esperables y un clasicismo que hace que la película se vea razonablemente bien, pero sin destacarse en ningún aspecto.
La reconstrucción de época es impecable, y los actores están perfectamente alineados con la visión del filme. Una melancolía exitosa envuelve toda la narrativa, transformando al personaje en alguien mucho más interesante que el humor que él exhibía en su vida real.
Edgar Wright demuestra su habilidad técnica al explorar visualmente el concepto del doble y la suplantación de identidad. Esta obra es una fusión de fascinación y horror, navegando hábilmente entre el cine policial y el de terror.
Más sofisticada que un capítulo de una serie de televisión, pero tampoco con categoría de clásico del género. David Chase parece decirnos que acá hay material para al menos una temporada completa.
El debate nunca se cierra, y la discusión persiste. Arendt cuestionó y reflexionó sobre sus ideas hasta el final de su vida, y la película captura ese espíritu de revisión constante.
Se impone por su potencia narrativa y por la descripción pausada y sutil que hace de la fragilidad de la mente humana. El terror, el verdadero terror que describe Carpenter, es el de la incertidumbre.
No logra transmitir del todo bien lo que se vivió, a pesar de tener recursos para hacerlo. La montaña se ve abrumadora, el accidente está bien contado, los actores están todos correctos. La emoción casi ni aparece, porque la prolijidad le gana al riesgo.
Las referencias al universo de Stephen King y a la serie en sí no son suficientes para respaldar el episodio, que resulta ser evidentemente predecible y algo desgastado.
Quien no esté interesado en este tipo de narraciones no hallará nada nuevo que ver. Lo que distingue este título de los demás no es suficiente para considerarlo un exponente relevante en el género del cine sobre dictaduras.
Es una película ambiciosa, con ideas y con ganas de construir un relato sofisticado. Mucho esfuerzo para llegar a un resultado por debajo de lo que podría haber sido.