Inevitablemente la película debe abandonar el tono leve al final, cuando la tragedia se impone y obliga a la realizadora a mostrar el drama y no tanto el suspenso divertido que sostenía hasta entonces.
Por momentos, la historia resulta emocionante y presenta instantes de suspenso. Aunque hay cierta teatralidad en las resoluciones, la presencia de Daniel Auteuil aporta calidad al largometraje, lo que los espectadores valoran.
Tiene mucha ambición y se diversifica, logrando en general un buen resultado, pero resignando en el camino la posibilidad de la excelencia en alguno de todos los aspectos que decide retratar.
La tensión aumenta de manera excepcional. Gradualmente se incrementa la apuesta y cada vez que aceptamos un elemento poco creíble, se introduce el siguiente. Esto representa un verdadero desafío y, a la vez, una fuente de entretenimiento.
Una cinematográfica irrelevante de un libro relevante con actuaciones que no plantean nada interesante ni nuevo. Un exceso de prolijidad y rutina. Si no se llamara Suite francesa estaríamos frente a un film sin el más mínimo atisbo de transcendencia.
'Kon-Tiki' representa un logro heroico y valiente, reflejando la historia que narra. Para los amantes de la aventura, tanto en la pantalla como en la vida real, es una película que no debe dejarse de lado.
El resultado es particularmente fallido y sin gracia. Si acaso Wes Anderson es famoso por su prolija puesta en escena, ni un elenco tan memorable es capaz de salvar a Wes Anderson de la única película abiertamente mala de toda su carrera.
Una mirada nada complaciente de una persona que cambió la historia. El propio Adam Driver parece entender esto y construye a su personaje sin juzgarlo. Todo esto convierte a este gran film en una película madura, compleja y atractiva.
Una especie de película de juicio que nunca se vuelve interesante o poderosa. Todo el epílogo, obvio y feo, termina por cerrar una historia que parecía más sofisticada e interesante de lo que finalmente es.
Es una de esas películas británicas amablemente tribuneras, hechas para agradar y hacer sentir bien a los espectadores. No se me ocurre tarea más noble salvo, claro, hacer grandes películas. En este caso el saldo es positivo.
Una película llena de promesas no es buena si finalmente no logra responder a lo que ha prometido. Esta especie de Shyamalan feminista parece más el capítulo piloto de una serie que una obra cinematográfica de calidad.
Todo el tiempo se siente el esfuerzo de la película por ser graciosa. Cuando eso se nota, la comedia está arruinada. Tanta fuerza agota al espectador y a la historia.
Una película tan cruel, sádica y pretenciosa tiene el potencial de arrasar con los premios. Aunque la sordidez puede funcionar mejor en los libros, cuando se somete a los mitos del cine de esta manera, es complicado que resulten bien parados.
Queda muy lejos de lograr el drama buscado. Lo demás es rutina, momentos esperables y un clasicismo que hace que la película se vea razonablemente bien, pero sin destacarse en ningún aspecto.
La reconstrucción de época es impecable, y los actores están perfectamente alineados con la visión del filme. Una melancolía exitosa envuelve toda la narrativa, transformando al personaje en alguien mucho más interesante que el humor que él exhibía en su vida real.
Más sofisticada que un capítulo de una serie de televisión, pero tampoco con categoría de clásico del género. David Chase parece decirnos que acá hay material para al menos una temporada completa.
El debate nunca se cierra, y la discusión persiste. Arendt cuestionó y reflexionó sobre sus ideas hasta el final de su vida, y la película captura ese espíritu de revisión constante.