Es lograda desde su clasicismo que va de menos a más, desde su tono de comedia ligera, aunque muy inteligente a la hora de proponer un juego de identidades, oposiciones y diferencias.
Los hermosos paisajes y las interpretaciones de los talentosos actores no son suficientes. El cine requiere algo más: un flujo de imágenes que nos sumerjan en misterio y emoción, algo que el montaje apresurado y azucarado de Hooper no logra transmitir.
El filme logra salir a flote. Una de las razones es, sin duda, el trabajo con sus actores principales. Gracias, por supuesto, al impecable trabajo de Mirren, pero también –y esta es una de las sorpresas– gracias a Ryan Reynolds.
Se trata de un retrato inspirado de la amargura que Holiday sobrellevó con una extraña vitalidad, fuerza y dignidad en medio de su progresiva debacle. Una película imperfecta, pero que merece verse.
La culpa, las dudas de fe, la violencia escondida en el inconsciente y la demonología católica son temas que se desaprovechan repetidamente en este meticuloso y sutil divertimento, que parece destinado a ser olvidado rápidamente.
El guion de Goldman, una escritora especializada en películas de acción o de superhéroes, termina llevando a Burton por territorios previsibles y que se agotan en un despliegue de efectos especiales y en un espectáculo más de Hollywood, uno que ya no es propiamente “burtoniano”.
Todo tiene un correlato psicológico, social y cultural, de una rigurosidad y fuerza poética que ya quisieran tener la mayoría de producciones de su tipo.
Con un trabajo de cámaras asombroso, el documental de Sergei Loznitsa revive la estética soviética con las pompas fúnebres del dictador ruso en el centro y, como si fuera una máquina del tiempo, permite ver la manifestación de una sociedad tan siniestra y enloquecida como la Alemania nazi.