A veces presenta una desvergüenza propia de los culebrones que resulta verdaderamente sorprendente. Lo más negativo es la superficialidad, el decorativismo, la incoherencia en la narrativa y la falta de consistencia en los personajes.
En «Padre Pio» se entrelazan dos narrativas: la búsqueda de redención personal y una dramatización de un suceso histórico. Ambas tramas chocan entre sí, pero el desenlace, como suele ocurrir en las obras del director, revela una singularidad extrema.
Cansina adopta las formas de un melodrama del siglo XIX, con ambiciones viscontinianas, pero termina sumergiéndose en las aguas del ‘europudding’ catatónico. Las escenas son melancólicas y carecen de fluidez.
Simplifica la complejidad de la metamorfosis para que el público de multisalas pueda aceptar algo que, desgraciadamente, sigue siendo un tabú. Es una historia real, aunque condensada hasta dejarla en los huesos. Vikander se come a Redmayne con patatas.
Brillante interpretación de Catherine Frot. La película aborda demasiados temas y, aunque la dirección de Giannoli no capta completamente la excentricidad de su heroína, vale la pena escucharla cantar hasta el final.
Solo en la última media hora de la película vuelve el Gray que más nos gusta, el de 'La noche es nuestra' y 'Two Lovers'. La contención que exhibe durante una hora larga se convierte en un retrato inerte de una tragedia. Además, Cotillard parece desubicada en su papel.
El problema radica en el glamour que envuelve sus imágenes, embelleciendo una película que debería haber adoptado un enfoque más sórdido. Además, le sobran toneladas de profesionalismo.
La historia del maestro es triste, hermosa y conmovedora. El problema de “El maestro que prometió el mar” no radica en el qué, sino en el cómo se desarrolla, especialmente en la falta de claridad del personaje de Laia Costa.
Es refrescante que el director de 'Bajo la arena' aborde una premisa relacionada con el discurso del #metoo, restándole importancia al asunto. La película se divierte al mostrar que la vida es un puro teatro.
Una delicia destinada a remover la adormilada estabilidad de las conciencias y un festival para todo explorador cinéfago con la sensibilidad suficiente para disfrutar de la luz que palpita en la oscuridad.
Es el «biopic» de un fan que Salinger no querría conocer. Es imposible creerse al estólido Nicholas Hoult (...) Su torpe interpretación camina acorde con una dirección que, con prisa por acabar, acumula frases lapidarias.
Un café cortado. Una pena que la trama resulte flácida y perezosa cuando en realidad pretende evocar el fatalismo romántico de la literatura de Scott Fitzgerald.
La película actúa como una desmitificación de Eisenstein, retratándolo casi como un sosias de Harpo Marx. Esto se debe a que Greenaway tiene un profundo conocimiento de su obra y la admira casi tanto como a sí mismo.
¿Cuál es la ética de 'El Gran Hotel Budapest'? Acaso demostrar que el pasado nos reinventa, y que recordarlo, con todas sus luces y sombras, ha de ser una experiencia deliciosa.