Es refrescante que el director de 'Bajo la arena' aborde una premisa relacionada con el discurso del #metoo, restándole importancia al asunto. La película se divierte al mostrar que la vida es un puro teatro.
Una delicia destinada a remover la adormilada estabilidad de las conciencias y un festival para todo explorador cinéfago con la sensibilidad suficiente para disfrutar de la luz que palpita en la oscuridad.
Es el «biopic» de un fan que Salinger no querría conocer. Es imposible creerse al estólido Nicholas Hoult (...) Su torpe interpretación camina acorde con una dirección que, con prisa por acabar, acumula frases lapidarias.
Un café cortado. Una pena que la trama resulte flácida y perezosa cuando en realidad pretende evocar el fatalismo romántico de la literatura de Scott Fitzgerald.
La película actúa como una desmitificación de Eisenstein, retratándolo casi como un sosias de Harpo Marx. Esto se debe a que Greenaway tiene un profundo conocimiento de su obra y la admira casi tanto como a sí mismo.
¿Cuál es la ética de 'El Gran Hotel Budapest'? Acaso demostrar que el pasado nos reinventa, y que recordarlo, con todas sus luces y sombras, ha de ser una experiencia deliciosa.
Un delirante ejercicio de memoria histórica que parece escrito por un «mad doctor» que ha visto demasiadas veces «El mar» de Villaronga y «El sótano del miedo» de Wes Craven.
En las entrañas de 'El discurso del rey' duerme una película muy estimulante. La dimensión sociohistórica del filme no acaba de cuajar con la profundidad que debería.
Hay algo admirable en “Oppenheimer”, que es su condición de anti-blockbuster veraniego. Se echa de menos capacidad de síntesis, menos solemnidad y más desarrollo de los personajes femeninos.
Un adiós con nostalgia. Uno tiene la impresión de estar viendo una producción muy estandarizada, que desaprovecha la estimulante deriva argumental de su clímax para encerrar al personaje en su propia mitología.
Errático. A veces abrupto, otras con un enfoque casi documental y en ocasiones con un tono aterciopelado, carece de claridad sobre qué película desea ser. La única que logra evitar que se convierta en un completo ridículo es Andra Day.
Película tan lírica como monumental, una fusión, hermosa pero lenta, del Malick poeta y del Malick narrador. Parece que persiste en crear autos sacramentales a partir de relatos que requieren un tratamiento más profano.
Trivializa los temas que aborda con su villano mefistofélico, sus inconsistencias narrativas, sus gratuitos montajes musicales y, sobre todo, con su pobre discurso sobre la verdad del arte como reproducción de la realidad.
La película se sumerge en una ridícula historia de amor, variante folletinesca de 'Romeo y Julieta', que empeora sensiblemente la benévola, complaciente y nacionalista visión que tiene sobre el papel de la familia Mountbatten en la independencia de la India.
Lo que quedará para la Historia es un fragmento de cine puro, guerra cruenta que haría las delicias de Sam Fuller, donde Gibson se hace paradoja: el pacifista más sangriento del mainstream yanqui.
Es un ejercicio de cinismo. No se atreve a ser «Doce del patíbulo» ni, por supuesto, «Malditos bastardos», condicionada como está por agradar a todo tipo de público.