Lo más auténtico de la película son los lobos, los buitres y las cabras. En cuanto aparece un ser humano, por muy simpático que parezca, la película pierde su esencia.
Animada delicia. La imprevisible expresividad de las figuras de plástico de este universo impone una velocidad narrativa que convierte su visionado en una experiencia tan densa como hipnótica.
A Rupert Everett le pierde la ciega fascinación que siente por el personaje, y, sobre todo, por la posibilidad de, prótesis mediante, convertirse en él, columpiándose en sus declamatorios excesos.
Es tan mala que parece una parodia involuntaria de “Memorias de África”. Es sorprendente que un cineasta como Herzog filme el amor como un principiante. Lamentable.
Salimos del film como recubiertos de talco y perfumes orientales, y si la película acierta a transmitir esa atmósfera de belleza, decadencia y enfermedad es porque insiste machaconamente en ello. Da la impresión que los afeites no acaban de camuflar la vacuidad del discurso de Bonello.
El gravísimo problema de 'Sunset' es que la experiencia, lejos de ser inmersiva, provoca una inmediata desconexión porque se nos obliga a pegarnos a un personaje que no tiene interés dramático.
A pesar de que la película no sigue caminos predecibles, el resultado es tan frío como un témpano. Carece de nervio e intensidad. Se presenta como una aventura introspectiva, pero no logra encender la chispa necesaria para cautivar.
Aunque a veces parezca que 'El lazo blanco' está a punto de ser víctima de la rígida coherencia de su planteamiento, Haneke conduce con mano firme al espectador a la inmersión en un mundo de rabia, represión, mentiras y ocultaciones.
Es un western atípico: mientras que el plano general se presenta claramente, Scorsese se enfoca en los detalles. Es natural que la puesta en escena esté impregnada de la intimidad y la importancia de la palabra.
A veces presenta una desvergüenza propia de los culebrones que resulta verdaderamente sorprendente. Lo más negativo es la superficialidad, el decorativismo, la incoherencia en la narrativa y la falta de consistencia en los personajes.
En «Padre Pio» se entrelazan dos narrativas: la búsqueda de redención personal y una dramatización de un suceso histórico. Ambas tramas chocan entre sí, pero el desenlace, como suele ocurrir en las obras del director, revela una singularidad extrema.
Cansina adopta las formas de un melodrama del siglo XIX, con ambiciones viscontinianas, pero termina sumergiéndose en las aguas del ‘europudding’ catatónico. Las escenas son melancólicas y carecen de fluidez.
Simplifica la complejidad de la metamorfosis para que el público de multisalas pueda aceptar algo que, desgraciadamente, sigue siendo un tabú. Es una historia real, aunque condensada hasta dejarla en los huesos. Vikander se come a Redmayne con patatas.
Brillante interpretación de Catherine Frot. La película aborda demasiados temas y, aunque la dirección de Giannoli no capta completamente la excentricidad de su heroína, vale la pena escucharla cantar hasta el final.
El problema radica en el glamour que envuelve sus imágenes, embelleciendo una película que debería haber adoptado un enfoque más sórdido. Además, le sobran toneladas de profesionalismo.
La historia del maestro es triste, hermosa y conmovedora. El problema de “El maestro que prometió el mar” no radica en el qué, sino en el cómo se desarrolla, especialmente en la falta de claridad del personaje de Laia Costa.