Un delirante ejercicio de memoria histórica que parece escrito por un «mad doctor» que ha visto demasiadas veces «El mar» de Villaronga y «El sótano del miedo» de Wes Craven.
En las entrañas de 'El discurso del rey' duerme una película muy estimulante. La dimensión sociohistórica del filme no acaba de cuajar con la profundidad que debería.
Hay algo admirable en “Oppenheimer”, que es su condición de anti-blockbuster veraniego. Se echa de menos capacidad de síntesis, menos solemnidad y más desarrollo de los personajes femeninos.
Un adiós con nostalgia. Uno tiene la impresión de estar viendo una producción muy estandarizada, que desaprovecha la estimulante deriva argumental de su clímax para encerrar al personaje en su propia mitología.
Errático. A veces abrupto, otras con un enfoque casi documental y en ocasiones con un tono aterciopelado, carece de claridad sobre qué película desea ser. La única que logra evitar que se convierta en un completo ridículo es Andra Day.
Película tan lírica como monumental, una fusión, hermosa pero lenta, del Malick poeta y del Malick narrador. Parece que persiste en crear autos sacramentales a partir de relatos que requieren un tratamiento más profano.
Trivializa los temas que aborda con su villano mefistofélico, sus inconsistencias narrativas, sus gratuitos montajes musicales y, sobre todo, con su pobre discurso sobre la verdad del arte como reproducción de la realidad.
La película se sumerge en una ridícula historia de amor, variante folletinesca de 'Romeo y Julieta', que empeora sensiblemente la benévola, complaciente y nacionalista visión que tiene sobre el papel de la familia Mountbatten en la independencia de la India.
Lo que quedará para la Historia es un fragmento de cine puro, guerra cruenta que haría las delicias de Sam Fuller, donde Gibson se hace paradoja: el pacifista más sangriento del mainstream yanqui.
Es un ejercicio de cinismo. No se atreve a ser «Doce del patíbulo» ni, por supuesto, «Malditos bastardos», condicionada como está por agradar a todo tipo de público.
Se notan las influencias del realismo poético francés y de Renoir en la obra de Trueba, pero el resultado es indudablemente personal. Esta película parece culminar una trilogía secreta que incluye dos de sus mejores trabajos: «El año de las luces» y «Belle Epoque».
Kaufman presenta un telefilm rígido, repleto de clichés y afectado por la ausencia total de química entre sus protagonistas, Clive Owen y Nicole Kidman.
Al final, y ahí está la belleza de las contradicciones de "El sol del futuro", hay un deseo, un sueño, y es precioso que Moretti tenga la fuerza para seguir persiguiéndolo.
El elenco de la película, repleto de reconocidas estrellas, es tan extenso que resulta difícil detectar un verdadero corazón emocional. En ocasiones, las creaciones de Wes Anderson parecen carecer de un toque humano.
Puede que esos obstáculos -el narrador poco fiable, la estrella desubicada- refuercen en teoría la deconstrucción del ‘biopic’ que propone Luhrmann, pero en la práctica la película acaba perdiéndose a sí misma en un laberinto de simulacros.
Wilde ha hecho bien los deberes, aunque sus ideas no son precisamente nuevas. Invierte más energía en resaltar la artificialidad de esa cultura que en pulir los detalles del guion, que se siente algo descuidado en su tramo final.
Ana de Armas realiza una cautivadora reinterpretación del personaje, que se presenta como una recreación precisa y a la vez como una reflexión cargada de angustia. La película invita a imaginar las emociones de Norma Jeane, sin caer en el convencionalismo de un biopic tradicional.
La película resulta demasiado convencional, lo que juega en su contra, aunque el triángulo amoroso que se forma tiene matices y complicaciones que pueden causar dolor.