No encontrarán aquí un análisis riguroso de la figura política de Thatcher, sino un encendido elogio de su empeño por destacar en un mundo de hombres. Solo la interpretación de Meryl Streep compensa de alguna manera el precio que cuesta la entrada.
¿Dónde está el drama? Imposible detectarlo, enterrado bajo toneladas de maquillaje, sangre falsa y golpes bajos. Avanza de forma abrupta, aplastando la mirada del espectador para no permitirle observar más allá.
La película se adentra en los imperativos de la tragedia de manera muy efectiva. Es admirable que, al abordar las emociones reprimidas en el ámbito masculino, logra resultar tan conmovedora.
Un director tan dotado para revisar los clichés del cine político ha sucumbido a una cierta telefilmización de su tema, haciendo que el filme repita un patrón que conocemos de memoria y en el que se echa en falta algo de complejidad.
Da la impresión de que el director no confía en su propuesta, muy singular, hasta las últimas consecuencias. Lo que queda es una película que quiere ser demasiadas cosas al mismo tiempo.
La representación de la agitada vida de un actor parece ser algo superficial. Esto se debe a que intenta abarcar demasiados aspectos, y cuando finalmente se enfoca, el retrato de Stella resulta siempre un poco autocomplaciente.
Baumbach logra manejar con habilidad el collage de tonos y estilos presentes en la novela, que abarca desde una 'sitcom' extraterrestre hasta una sátira mordaz sobre el mundo académico.
Es una pena que, narrativamente, “Flee” sea algo desigual. Solo se presenta el tránsito del trauma, pero al abordar el proceso de reconstrucción, el relato se precipita de tal manera que afecta su eficacia emocional.
Este crítico no logra apreciar la exactitud con la que McQueen ha desarrollado esa lista de éxitos que resuenan con fuerza. Sin embargo, se siente como si uno se adentrara en una verdadera sinfonía de ritmo hipnótico.
A Alejandra Márquez Abella le interesa más el desarrollo dramático de los personajes que la creación de una atmósfera de declive, que se manifiesta de manera natural a través de la trama.
Un apabullante Nicolas Cage se transforma en un ángel vengador, en un Mad Max imaginado por el Lynch de «Inland Empire». Una «midnight movie» tan genuina como autoconsciente, y cuya excentricidad es a la vez sincera y autoparódica.
No existe intención alguna de glamurizar el mundo de la droga, sino todo lo contrario. Lo que no es excusa para que León de Aranoa prefiera mantenerse al margen del estilo, con una falta de carisma como realizador que clama al cielo. La película es átona, plana, pobre.
«El lobo de Wall Street» es hortera y agresiva, y ambos calificativos son sendos cumplidos. DiCaprio da el do de pecho sosteniendo a un personaje despreciable.
No" apuesta por la forma de un ágil thriller político, no demasiado lejos del mejor Costa-Gavras, que quiere descubrir al mundo que la derrota de Pinochet fue la consecuencia directa de una guerra entre jefes de marketing.
Resulta tan tediosa como «Election», aunque carece por completo de la elegancia del estilo de Johnnie To y de sus bruscos e impagables brotes de violencia. Aquí, ni la violencia sabe a peligro.
Una pena que 'The Fighter' no sepa gestionar sus energías, porque su problema es que dedica demasiado tiempo al personaje equivocado. A Russell no le interesan ni los matices ni las ambigüedades.