Hay un momento en que 'Spencer' está a punto de convertirse en 'Repulsión'. Ese habría sido un camino interesante, pero el problema de 'Spencer' es que se siente como una película dirigida a las madres.
No es suficiente con hacer visible lo invisible, sino que hay que dar voz a esas imágenes, humanizarlas. Ahí radica el gesto político de una película cuyo metraje no debería asustarnos.
Una de las virtudes más admirables de esta obra es su capacidad para variar de escala sin perder el enfoque. Zbanic genera tensión a través de una puesta en escena efectiva, destacando por su sutileza.
Mediocre, tiene una estructura similar a 'El diablo viste de Prada', pero se toma demasiado en serio. Lo que se pierde en caricatura se compensa con el uso de tópicos. Las miradas de Weaver resultan menos autoparódicas, y las situaciones, en cambio, son bastante más tediosas.
Funciona más por ráfagas que en su conjunto: por separado, tiene secuencias preciosas. Sin embargo, el total es inferior a la suma de sus partes, aunque esto no resta mérito al hecho de que es la mejor película de Christophe Honoré en mucho tiempo.
Donde la película triunfa sin ambages es en el reino de lo íntimo, en la historia de amor. En ella se libra la verdadera batalla de la película, libre de didactismos.
Jolie no sabe qué hacer con este material inflamable y opta por un enfoque poco claro. Intenta abordar los problemas de ritmo del relato añadiendo violencia sensacionalista. El resultado es una serie de lugares comunes que intentan acercarse a ser una película definitiva.
Poco adictiva. Un batiburrillo que salta de un registro a otro sin considerar los desequilibrios de tono y ritmo, desaprovechando así el talento de una buena actriz como Hathaway.
Una compleja y original reflexión sobre nuestra singular capacidad para reinventarnos y transformarnos en pura narrativa. Es una película que presenta un anverso y un reverso.
Tal vez la mayor virtud de “Vermin, la plaga” sea que no sucumbe fácilmente al veneno de las metáforas, y puede disfrutarse sin coartadas políticas, como la película de terror puro que aspira a ser.
La película sugiere que el problema radica en la falta de adaptación a las circunstancias. Los actores están excepcionales y hay escenas que se desarrollan con gran ternura.
Yimou resucita creativamente con la espléndida 'Shadow', en la mejor tradición del cine de Kurosawa. La película integra la ambición, el amor y el honor en un plano donde la intimidad y la épica se entrelazan de manera armoniosa.
Todos los temas y obsesiones de Wong siguen intactos en esta película seductoramente fallida. Es un «biopic» que no quiere serlo, un «wuxia» a su pesar y un melodrama que se muestra muy orgulloso de sí mismo.
Parece un experimento juguetón ideado a la sombra de Godard. La película manipula los tiempos narrativos con una libertad casi excéntrica en el contexto tradicional del cine de acción.
Un aparatoso artificio, que se abre como un libro infantil desplegable o como un videojuego, con sus niveles narrativos y su viaje heroico, sin que lo que hay dentro consiga interesar lo más mínimo.