La película se adentra en los imperativos de la tragedia de manera muy efectiva. Es admirable que, al abordar las emociones reprimidas en el ámbito masculino, logra resultar tan conmovedora.
Es fascinante el modo en que la película logra hipnotizarnos. Imposible explicar con más precisión la parálisis del deseo, el temor a errar, y el intenso placer de una noche que parece no tener fin.
Un director tan dotado para revisar los clichés del cine político ha sucumbido a una cierta telefilmización de su tema, haciendo que el filme repita un patrón que conocemos de memoria y en el que se echa en falta algo de complejidad.
A pesar de que Cáit, interpretada de manera notable por Catherine Clinch, crece envuelta en la hostilidad, su hermosa forma de percibir el mundo inunda la película con una textura encantadora, lejos de ser superficial.
Da la impresión de que el director no confía en su propuesta, muy singular, hasta las últimas consecuencias. Lo que queda es una película que quiere ser demasiadas cosas al mismo tiempo.
La representación de la agitada vida de un actor parece ser algo superficial. Esto se debe a que intenta abarcar demasiados aspectos, y cuando finalmente se enfoca, el retrato de Stella resulta siempre un poco autocomplaciente.
Baumbach logra manejar con habilidad el collage de tonos y estilos presentes en la novela, que abarca desde una 'sitcom' extraterrestre hasta una sátira mordaz sobre el mundo académico.
Es una pena que, narrativamente, “Flee” sea algo desigual. Solo se presenta el tránsito del trauma, pero al abordar el proceso de reconstrucción, el relato se precipita de tal manera que afecta su eficacia emocional.
Este crítico no logra apreciar la exactitud con la que McQueen ha desarrollado esa lista de éxitos que resuenan con fuerza. Sin embargo, se siente como si uno se adentrara en una verdadera sinfonía de ritmo hipnótico.
A Alejandra Márquez Abella le interesa más el desarrollo dramático de los personajes que la creación de una atmósfera de declive, que se manifiesta de manera natural a través de la trama.
Un apabullante Nicolas Cage se transforma en un ángel vengador, en un Mad Max imaginado por el Lynch de «Inland Empire». Una «midnight movie» tan genuina como autoconsciente, y cuya excentricidad es a la vez sincera y autoparódica.
No existe intención alguna de glamurizar el mundo de la droga, sino todo lo contrario. Lo que no es excusa para que León de Aranoa prefiera mantenerse al margen del estilo, con una falta de carisma como realizador que clama al cielo. La película es átona, plana, pobre.
«El lobo de Wall Street» es hortera y agresiva, y ambos calificativos son sendos cumplidos. DiCaprio da el do de pecho sosteniendo a un personaje despreciable.
No" apuesta por la forma de un ágil thriller político, no demasiado lejos del mejor Costa-Gavras, que quiere descubrir al mundo que la derrota de Pinochet fue la consecuencia directa de una guerra entre jefes de marketing.
Resulta tan tediosa como «Election», aunque carece por completo de la elegancia del estilo de Johnnie To y de sus bruscos e impagables brotes de violencia. Aquí, ni la violencia sabe a peligro.
Si yo fuera metalero, pondría una demanda a los autores de 'Rock of Ages'. La forma en que mezclan los clásicos del rock con una historia superficial es decepcionante y no rinde homenaje a la esencia del género. La película se siente como un desperdicio de talento y pasión, dejando a los fanáticos lejos de lo que esperaban.