Se aleja de los repetitivos estribillos del biopic musical habitual para honrar el estilo mestizo, combinando dosis de improvisación y técnica que caracterizaron la carrera del compositor.
Lo más interesante es el modo en que transforma la guerra en una caza humana, en una odisea individual. Quien no conozca los detalles de la contienda puede sentirse un tanto desorientado.
Los que esperaban respuestas al misterio del asesinato no encontrarán lo que buscaban, pero sí disfrutarán de la mejor película de Ferrara en muchos años.
Este crítico piensa que [Russell] está sobrevalorado, pero al menos en «La gran estafa americana» sabe extraer oro puro de sus actores, saca fuerza de una fluidez narrativa que compensa sus altibajos y su acusada tendencia a la histeria y entretiene al más reacio.
Fracasa por completo a la hora de abordar los vínculos entre lo personal, lo creativo y lo empresarial. Aunque «jOBS» intenta revelar el lado hostil de su biografiado, la película se siente más como un extenso anuncio que celebra las virtudes de Apple.
Es la deconstrucción del cine de espionaje. Es mérito de Alfredson que nunca nos perdamos en el laberinto y que la creación de esa atmósfera opresiva e intemporal cale en los huesos de un espectador incapaz de identificarse con nadie.
La superficialidad de 'El Skylab' está tan asumida por su propio concepto, es una película tan humilde en sus pretensiones, que resulta inevitable que caiga simpática.
No encontrarán aquí un análisis riguroso de la figura política de Thatcher, sino un encendido elogio de su empeño por destacar en un mundo de hombres. Solo la interpretación de Meryl Streep compensa de alguna manera el precio que cuesta la entrada.
¿Dónde está el drama? Imposible detectarlo, enterrado bajo toneladas de maquillaje, sangre falsa y golpes bajos. Avanza de forma abrupta, aplastando la mirada del espectador para no permitirle observar más allá.
Lo que parece una historia de amor lésbica se transforma en un «neo-noir» con reminiscencias del cine inicial de los Coen, para luego convertirse en un viaje lisérgico. Es tan seductora, violenta y sin tabúes que no requiere justificaciones políticas para respaldar su locura.
Tal vez lo más hermoso de “La quimera” es lo difícil que es describirla, acercarse a sus derivas. Rohrwacher hace un cine físico, tectónico, que encuentra la espiritualidad en lo humano y en lo rocoso.
La película se adentra en los imperativos de la tragedia de manera muy efectiva. Es admirable que, al abordar las emociones reprimidas en el ámbito masculino, logra resultar tan conmovedora.
Es fascinante el modo en que la película logra hipnotizarnos. Imposible explicar con más precisión la parálisis del deseo, el temor a errar, y el intenso placer de una noche que parece no tener fin.
Un director tan dotado para revisar los clichés del cine político ha sucumbido a una cierta telefilmización de su tema, haciendo que el filme repita un patrón que conocemos de memoria y en el que se echa en falta algo de complejidad.
A pesar de que Cáit, interpretada de manera notable por Catherine Clinch, crece envuelta en la hostilidad, su hermosa forma de percibir el mundo inunda la película con una textura encantadora, lejos de ser superficial.
Oackley no tiene que esforzarse demasiado en hacer relevantes, desde lo contemporáneo, las angustias de Jean en relación a la proyección pública de su sexualidad.
Da la impresión de que el director no confía en su propuesta, muy singular, hasta las últimas consecuencias. Lo que queda es una película que quiere ser demasiadas cosas al mismo tiempo.
La representación de la agitada vida de un actor parece ser algo superficial. Esto se debe a que intenta abarcar demasiados aspectos, y cuando finalmente se enfoca, el retrato de Stella resulta siempre un poco autocomplaciente.
Baumbach logra manejar con habilidad el collage de tonos y estilos presentes en la novela, que abarca desde una 'sitcom' extraterrestre hasta una sátira mordaz sobre el mundo académico.