Es fascinante cómo el montaje refleja la memoria de esa noche. Lo más destacable es su sensibilidad al explorar las conexiones entre el duelo y la memoria en medio de una catástrofe.
[Berry] sabe trascender clichés al centrarse en el estudio del personaje y su relación con otro ‘outcast’. Wright y O’Connor aportan autenticidad y calidez a sus roles, evitando caer en lo predecible.
Una redundancia narrativa que Scott no logra evitar en la puesta en escena, un mensaje menos revelador de lo que parece y, a pesar de todo, cierta sensibilidad kitsch. Es moderadamente entretenida.
Glenn Close y Mila Kunis intentan sobrellevar los clichés presentes en la trama, pero solo consiguen transmitir el complejo espectro emocional de su relación en momentos en que sus miradas reflejan una auténtica ambigüedad.
Quiere ser didáctica pero también entretenida. Si, a un nivel estructural, la película está cargada de sentido, la brevedad de algunos de sus pasajes y la dispersión de sus puntos de vista, a veces la condenan al encadenado de chistes ocurrentes.
Propuesta tan áspera como notable, Leigh nos exige una identificación emocional aunque su enfoque estético y narrativo la niega. Esta tensión, lejos de resultar productiva, anula sus logros.
Es de agradecer que la película se contagie de la ligereza de su carisma como actor, que rehúya de cualquier lamento crepuscular y que no se regodee en el arte de la cita.
Es una simple reconstrucción de los hechos con tono de informe sumarial dramatizado, sin aportar nada más a lo que dieron los telediarios de la época. resulta tan interesante como leer las Páginas Amarillas.
Sexo complejo. El pudor disfrazado de condescendencia con el que podría tratarse el tema es sustituido por buenas dosis de franqueza y ternura. Hawkes hace un buen trabajo creando empatía sin caer en falsos sentimentalismos.
Más allá de su valor testimonial, es una película insatisfactoria. El resultado final se asemeja a ese viejo cine político de denuncia que prioriza el efectismo de su mensaje por encima de la consistencia dramática.
Una ridícula historia real de autosuperación. La ñoñería es proporcional a las toneladas de agua que inundan la pantalla en sus escenas más afortunadas.
Yimou, el chaquetero. Se busca hacer más accesible al público la temible masacre de Nanking, pero Yimou la glamuriza sin temor al ridículo. Es una pena que el desarrollo del protagonista resulte completamente inverosímil.
Lo sorprendente es que, en sus dos primeros tercios, antes de convertirse al credo convencional del cine deportivo, 'Moneyball' sea apasionante. (...) Se nota la mano de Sorkin en el guión: no estamos tan lejos de 'La red social'.
La película carece de sutileza y pierde su supuesta carga subversiva, cediendo ante los estándares de uno de los géneros menos feministas que se puede imaginar.
Una película de la estirpe de 'Erin Brokovich', aunque sin el sano escepticismo de Soderbergh y con el almibarado añadido de una relación fraternal más grande que la vida.