Una película que regresa a las raíces del universo Balagueró, ahora fusionado con el 'mainstream', en una combinación que no siempre resulta equilibrada entre la orgía satánica y el narcothriller.
Es de agradecer que esta «Posesión infernal» se tome en serio a sí misma. Álvarez prefiere envolver su homenaje con la sangre, el sudor y los vómitos del «fatum» trágico.
Una secuela que mejora el original sin aportar grandes novedades. Wan encadena susto tras susto importándole más la cantidad que la calidad, con una insolencia digna de mención.
Podría interpretarse como el reverso diabólico de las meditaciones poéticas a las que nos tiene acostumbrados el último cine de Terrence Malick, parece la viva imagen de un cambio de paradigma en el audiovisual, la obra de un visionario.
Una de las virtudes más llamativas de esta singular película es su manera de trabajar la banda sonora, que dialectiza el silencio más austero con los golpes de sonido más expresivos.
El trabajo con la plasticidad de los colores saturados hasta lo ilegible y un sonido que parece surgir detrás de la imagen, en una profundidad deslumbrante, lo sigue acreditando como un joven creador de formas al que le queda mucho por explorar.
Laurie Anderson despliega su talento como artista multimedia, ofreciendo un impresionante despliegue de poesía «free style» que se convierte en un íntimo autorretrato.
Una lección de cine libre y salvaje. La belleza se despliega a lo largo de toda la película, aunque el culto al feísmo y a lo bizarro parecen dominarla.
Una sensación de gratuidad permea el metraje, como si todo ocurriera por el simple hecho de que puede. No es que la forma y el contenido sean inconexos, sino que la combinación de ambos resulta en un conjunto vacío.
La maníaca atención al detalle de la dirección, junto con la ternura que impregna el trabajo de Chalamet, son elementos que destacan las virtudes de una película capaz de acoger al espectador con un afecto contagioso.
Es una delicia la riqueza del diseño de los personajes, que resulta abrumadora. La moraleja evoluciona a lo largo del metraje de un modo francamente revelador.
Es difícil no quedar cautivado por la calidad de la animación. Es una verdadera fiesta de colores. Como película animada, “Calamity” es, sin duda, una exquisitez.
Cursi a más no poder. Ni siquiera la neobarroca dirección artística de Dante Ferretti y el vestuario de Sandy Powell la salvan de la catástrofe: son atrozmente horteras.
Singh ha afinado la monumentalidad neobarroca de su llamativo estilo, utilizándolo solo en el preludio animado. El resto se siente puramente 'mainstream', siendo una película que no se atreve a explorar la imaginería del cuento original ni a desvelar su lado oscuro.
Un magnífico estudio de personaje, donde Baker observa con su característica mezcla de cariño y asombro. Esta emoción es similar a la que siente por Simon Rex, un actor que se entrega con un seductor entusiasmo.
La película, en su exquisita, aunque a veces condescendiente, delicadeza, parece diseñada para presentar a su protagonista, interpretado por Affleck, como un hombre honesto y protector, en lo que parece ser una calculada operación de limpieza de imagen.