Vampiros sin sangre. Weitz no logra aportar coherencia al conjunto, que alterna entre un relato de iniciación y un cine de terror simplificado. La película pierde fuerza, saturada de 'freaks' y efectos digitales.
La primera parte no presenta nada nuevo, pero resulta agradable de ver. Sin embargo, cuando Röskam opta por un giro inesperado hacia el melodrama poco plausible, la película cae en el ridículo, sin preocuparse por las repercusiones.
Hay algo en «A cualquier precio» que nos recuerda a la mejor y gloriosa etapa del melodrama familiar del cine clásico. La película mejora notablemente a medida que el conflicto dramático pone sobre la mesa los efectos que trae consigo la crisis económica.
Un exquisito menú degustación. Sobran las palabras en la majestuosa secuencia de apertura. Lo más hermoso es que hace fascinante lo que es, simplemente, un trabajo. Es la vida trabajando.
Es muy consciente, quizás demasiado, de su originalidad. Toda descripción del contexto es deliberadamente elusiva. En esa reducción al absurdo está el principal encanto del filme, pero también su limitación.
Boe comete el error de interrumpir el plato principal, que es el presente, con los aliños y especias que nos llevan a momentos clave del pasado. Esta intermitencia, con sus obligadas elipsis, desdibuja a los personajes.
Cuando Kawase se ve empujada a desvelar los traumas pasados de sus personajes en su búsqueda de un conflicto clásico, lo hace de manera convencional y evidente. Parece que la directora no confía plenamente en su propia visión.
Un festival de microtramas que funcionaría mejor como una ligera «websitcom». Ninguno de los personajes logra captar la atención del espectador y los conflictos resultan ser tan irrelevantes como una pizca de sal.
El viaje de la oscuridad a la luz es interesante, en la medida que se hace a través de los huecos de distintos puntos de vista, pero las trampas narrativas están repartidas por doquier a lo largo del relato para que, al final, salgan las cuentas.
Una más en la larga lista de títulos menores de Allen, una fábula que esconde más mala leche de lo que su aparente ligereza y desaliño podrían hacer creer.
Brillante. Ozon ofrece una auténtica clase magistral sobre la construcción del relato, transformando este intrincado ejercicio de metaficción en una novela de misterio casi clásica.
Siendo un filme deslavazado y un tanto vulgar, 'Bad Teacher' consigue reformular los códigos de un nuevo género –el de las 'bromantic movies'– sin que se le caigan los anillos.
La película es lo suficientemente singular, en su manera de abordar los absorbentes mecanismos del poder para crear conflicto y miseria de los que alimentarse, para mantener el interés durante todo el metraje.
A Paul Verhoeven podría gustarle esta película. Su representación del imperialismo portugués presenta la suciedad en las uñas, piojos en el cabello, muelas en mal estado y un rostro descompuesto.
Puede parecer un divertimento, pero su endiablada, milimétrica estructura narrativa esconde el poderoso talento de un cineasta que, en su infinita inventiva, es capaz de terminar su deliciosa película con el tercer acto más godardiano del cine reciente.
Hilarante fiesta surrealista, esta película destaca por su irresistible inteligencia y su gran sentido del humor. Además, celebra el cine como un espacio de libertad, donde el artista tiene la responsabilidad moral de luchar contra la realidad.