Trabaja con estereotipos. El problema es que, una vez definido el comportamiento de cada uno de ellos, hay poco que añadir y la subtrama policíaca es previsible.
Si exceptuamos los puntuales delirios de grandeza, es evidente que John Michael MacDonagh ha inventado un magnífico personaje y que Brendan Gleeson interpreta con la autoridad de un actor bregado en toda clase de batallas.
Sin una brújula básica. La historia es golpeada por un montaje frenético que casi no permite vislumbrar los giros narrativos necesarios para comprender lo que se nos está narrando.
La mejor manera de disfrutarla es de forma fragmentada, celebrando ‘sketches’ y desechando otros, aunque esa cultura del hiato sea precisamente una de las dianas de sus flechas envenenadas.
Una voz en off rebosante de lirismo intenta ajustarse al tono mágico de la película, pero genera una fisura en la verosimilitud de la narrativa. Falta, por lo tanto, un poco de sinceridad que convierta esta receta exótica en un plato realmente sabroso.
El resultado es decepcionante y mediocre, asemejándose más a un folletín de mala calidad. Lamentablemente, las colaboraciones entre cine y televisión en nuestro país se limitan a una celebración superficial y sin sustancia.
Menos profunda de lo que pretende, la película sufre de un tono severo y un timbre narrativo que en ocasiones roza el ridículo, además de presentar un feroz maniqueísmo.
Una película que regresa a las raíces del universo Balagueró, ahora fusionado con el 'mainstream', en una combinación que no siempre resulta equilibrada entre la orgía satánica y el narcothriller.
Es de agradecer que esta «Posesión infernal» se tome en serio a sí misma. Álvarez prefiere envolver su homenaje con la sangre, el sudor y los vómitos del «fatum» trágico.
Una secuela que mejora el original sin aportar grandes novedades. Wan encadena susto tras susto importándole más la cantidad que la calidad, con una insolencia digna de mención.
Patiño ha logrado algo extraordinario y paradójico: ha hecho visible lo que pertenece al ámbito de la mística, transformándolo en una experiencia sensorial inédita.
Podría interpretarse como el reverso diabólico de las meditaciones poéticas a las que nos tiene acostumbrados el último cine de Terrence Malick, parece la viva imagen de un cambio de paradigma en el audiovisual, la obra de un visionario.
Una de las virtudes más llamativas de esta singular película es su manera de trabajar la banda sonora, que dialectiza el silencio más austero con los golpes de sonido más expresivos.
El trabajo con la plasticidad de los colores saturados hasta lo ilegible y un sonido que parece surgir detrás de la imagen, en una profundidad deslumbrante, lo sigue acreditando como un joven creador de formas al que le queda mucho por explorar.
Laurie Anderson despliega su talento como artista multimedia, ofreciendo un impresionante despliegue de poesía «free style» que se convierte en un íntimo autorretrato.
Una lección de cine libre y salvaje. La belleza se despliega a lo largo de toda la película, aunque el culto al feísmo y a lo bizarro parecen dominarla.
Una sensación de gratuidad permea el metraje, como si todo ocurriera por el simple hecho de que puede. No es que la forma y el contenido sean inconexos, sino que la combinación de ambos resulta en un conjunto vacío.