Una sensación de gratuidad permea el metraje, como si todo ocurriera por el simple hecho de que puede. No es que la forma y el contenido sean inconexos, sino que la combinación de ambos resulta en un conjunto vacío.
Es difícil no quedar cautivado por la calidad de la animación. Es una verdadera fiesta de colores. Como película animada, “Calamity” es, sin duda, una exquisitez.
Singh ha afinado la monumentalidad neobarroca de su llamativo estilo, utilizándolo solo en el preludio animado. El resto se siente puramente 'mainstream', siendo una película que no se atreve a explorar la imaginería del cuento original ni a desvelar su lado oscuro.
La película, en su exquisita, aunque a veces condescendiente, delicadeza, parece diseñada para presentar a su protagonista, interpretado por Affleck, como un hombre honesto y protector, en lo que parece ser una calculada operación de limpieza de imagen.
El dilema moral que plantea el filme, bien apoyado en la excelente interpretación del cuarteto de intérpretes, tiene suficiente fuerza para que el espectador se pregunte 'Qué haría yo si…?'.
La inconsistencia dramática de ese futuro posible pone de relieve la endeblez de una película que, Romeo y Julieta mediante, quiere resucitar el éxito de «Crepúsculo» en clave «arty».
Pacino se ha entregado a la experiencia con humildad, consciente de que su actuación sería evaluada con mil ojos escépticos, y ha salido victorioso de este desafío.
Propone una tesis conocida con una frescura no exenta de acidez. Como en otra película gemela, «(500) días juntos», la disección del sentimiento romántico se ejecuta con precisión meridiana.
Cabría acusar a Bigelow de no mojarse, pero el músculo de su puesta en escena y el extremo dominio de la forma son lo suficientemente hipnóticos para mantenernos, silenciosos, en la butaca.
Magnífica magistral película. Lo que pretende '¡Olvídate de mí!' es transmitirnos el caos del desamor y lo logra con creces; esta es la comedia romántica más tenebrosa jamás filmada.
Carece de la fuerza visual de un Dovjenko o de la pasión de un Vidor, por citar a dos cineastas que también reflexionaron sobre la relación del hombre y el paisaje que ha esculpido con sus propias manos, pero el resultado es intermitentemente poderoso.
Vampiros sin sangre. Weitz no logra aportar coherencia al conjunto, que alterna entre un relato de iniciación y un cine de terror simplificado. La película pierde fuerza, saturada de 'freaks' y efectos digitales.
Hay algo en «A cualquier precio» que nos recuerda a la mejor y gloriosa etapa del melodrama familiar del cine clásico. La película mejora notablemente a medida que el conflicto dramático pone sobre la mesa los efectos que trae consigo la crisis económica.
Es muy consciente, quizás demasiado, de su originalidad. Toda descripción del contexto es deliberadamente elusiva. En esa reducción al absurdo está el principal encanto del filme, pero también su limitación.
Boe comete el error de interrumpir el plato principal, que es el presente, con los aliños y especias que nos llevan a momentos clave del pasado. Esta intermitencia, con sus obligadas elipsis, desdibuja a los personajes.
La maníaca atención al detalle de la dirección, junto con la ternura que impregna el trabajo de Chalamet, son elementos que destacan las virtudes de una película capaz de acoger al espectador con un afecto contagioso.
Es una delicia la riqueza del diseño de los personajes, que resulta abrumadora. La moraleja evoluciona a lo largo del metraje de un modo francamente revelador.
Cursi a más no poder. Ni siquiera la neobarroca dirección artística de Dante Ferretti y el vestuario de Sandy Powell la salvan de la catástrofe: son atrozmente horteras.