Una película admirable, aunque no siempre logra alcanzar sus objetivos. Es imposible no creer de manera plena en lo que nos narra. Es evidente que [Jonze] lucha por encontrar una conclusión adecuada para su fábula tecnoromántica, pero su talento nunca se agota.
Empieza con una de las fiestas mejor filmadas de la historia, donde Toni Servillo ofrece una actuación memorable. Sorrentino tiene la habilidad de presentarnos un mundo fascinante y complejo que nos atrapa desde el primer momento.
El guión se empeña en forzar casualidades que resultan un tanto artificiosas. Lo compensa un talento natural para la tragicomedia costumbrista y para el gag contenido.
Película que, desafortunadamente, intenta ser una versión argentina de 'Amélie', pero Sebastián Borenzstein carece de la imaginación necesaria para igualar a Jean-Pierre Jeunet.
Payne tiene el don de hacer pasar por sencillo lo que es trabajo de genio, y su filme, que encuentra un delicado equilibrio entre lo humillante y lo sentimental, tiene la auténtica textura de un trozo de vida.
Un exquisito menú degustación. Sobran las palabras en la majestuosa secuencia de apertura. Lo más hermoso es que hace fascinante lo que es, simplemente, un trabajo. Es la vida trabajando.
Es muy consciente, quizás demasiado, de su originalidad. Toda descripción del contexto es deliberadamente elusiva. En esa reducción al absurdo está el principal encanto del filme, pero también su limitación.
Boe comete el error de interrumpir el plato principal, que es el presente, con los aliños y especias que nos llevan a momentos clave del pasado. Esta intermitencia, con sus obligadas elipsis, desdibuja a los personajes.
El viaje de la oscuridad a la luz es interesante, en la medida que se hace a través de los huecos de distintos puntos de vista, pero las trampas narrativas están repartidas por doquier a lo largo del relato para que, al final, salgan las cuentas.
Brillante. Ozon ofrece una auténtica clase magistral sobre la construcción del relato, transformando este intrincado ejercicio de metaficción en una novela de misterio casi clásica.
Puede parecer un divertimento, pero su endiablada, milimétrica estructura narrativa esconde el poderoso talento de un cineasta que, en su infinita inventiva, es capaz de terminar su deliciosa película con el tercer acto más godardiano del cine reciente.
Una fallida sátira zombi que desvirtúa la esencia del original. No logra reflexionar sobre sí misma, limitándose a apropiarse de las ideas que caracterizaban la obra japonesa.
Lo más admirable de la película es la velocidad con que se desarrolla el conflicto, el modo en que saca partido de la pobreza de medios, el sentido del humor con que caracteriza a los personajes secundarios (...) es cine popular del auténtico
Raimi ha mirado hacia atrás con cariño y ha firmado un «back to basics» con todas las de la ley. El músculo de algunas secuencias y la falta de pretensiones hacen de este autohomenaje un inteligente 'pan y circo' para público de multisalas.
El director se adentra en temas delicados, aunque su cinismo a veces elige objetivos que son demasiado simples para los dilemas morales que presenta. Sin embargo, estos objetivos suelen resultar muy divertidos.
Desconcertante. Una locura que recuerda al estilo de Rossellini. Su mayor fallo radica en que nunca consigue combinar su sarcasmo con la seriedad del viaje espiritual que enfrenta su heroína.
La directora sucumbe a la tentación del videoclip repleto de sonrisas y dulces. Esto hace que la película se vuelva autocomplaciente y excesivamente brillante.