Poderoso noir que destaca por sus ideas sorprendentes. Su originalidad produce una fascinación particular, en gran parte debido a su inusual representación de China en medio de su transición hacia el capitalismo.
La trama cambia de dirección de manera confusa, lo que podría frustrar a la audiencia. Si una película requiere tanto tiempo para aclarar su historia, es evidente que ha cometido errores en su desarrollo.
Affleck se pone al servicio de la historia, filma con nervio tres secuencias de robo, invierte su tiempo en mimar las relaciones entre los protagonistas y es menos cuidadoso con los secundarios.
La primera parte es excepcional, pero en su segunda mitad pierde fuerza. Audiard opta por recursos de melodrama poco sofisticados y, en ciertos momentos, recuerda a un Iñárritu en sus días menos inspirados.
No todos los chistes logran impactar y en ocasiones su crudeza no se alinea con el ingenio de Atkinson. La falta de ritmo en el clímax final y la rigidez de algunos personajes secundarios evidencian que Mr. Bean no logra resonar de la misma manera fuera de la televisión.
El guion de Thomas Bidégain refleja una meticulosa observación del protagonista. Sin embargo, en ocasiones, este detallismo puede resultar tedioso, y lamentablemente, McCarthy no consigue aportar la intensidad emocional necesaria en las situaciones diarias.
Las normas del juego que presenta Nolan son tan numerosas que es difícil encontrar un momento de tranquilidad. A diferencia de Lynch o Buñuel, quienes son maestros en crear sueños sin restricciones, Nolan a menudo parece excesivo y le falta audacia.
Extraordinarios Waltz, DiCaprio y Jackson reinventan tres estereotipos del género de manera que cada escena resulta sorprendente. Sin embargo, no todo es perfecto, ya que el tercer acto se siente apresurado y carece de la fluidez eléctrica que caracteriza el resto de la película.
Son relatos simples que no requieren de grandes tramas, ya que se sumergen en una tradición que combina una mezcla peculiar de esperpento y costumbrismo característico del cine español, donde destacan las actuaciones auténticas.
Alonso, con «Eureka», presenta su obra más audaz, explorando géneros como si se adentrara en un agujero negro en busca de significado en lo que carece de él.
Siempre hay un deleite particular en disfrutar de una obra de Wes Anderson, aunque en ocasiones, como sucede aquí, su deseo de ser él mismo puede resultar más agotador que satisfactorio. Esta película es tanto enigmática como entrañable.
El filme se siente como un thriller aburrido y predecible, con una historia de amor que intenta revitalizarlo, pero carece de la profundidad necesaria para explorar los dilemas morales que plantea.
El intento de añadir profundidad dramática a un secreto se siente fallido, especialmente cuando se revela al final. Además, las interacciones entre Farrell y Lee resultan casi cómicas, lo que resta seriedad a la trama.
Nueva obra maestra de Wes Anderson, un hermoso haiku visual. Su habilidad para comunicar a través de la animación es un viaje directo a nuestras emociones.
Dos horas y media de película con un estilo único, con solo 30 imágenes y pocas palabras. Esta obra se posiciona como una de las más destacadas del siglo.
Kurzel maneja con gran destreza las escenas de tensión, las persecuciones, los atracos a bancos y los tiroteos, aunque se puede criticar a "The Order" por su adhesión excesiva a las tradiciones del género.
Maiwenn carece de habilidad para crear personajes y situaciones creíbles, y sus intentos de añadir toques de comedia o de camaradería terminan siendo absurdos.