Pena de Penn. Sorrentino utiliza el Holocausto como un pretexto para justificar esta insípida y superficial «road movie», transformando lo que ya era una película decepcionante en una obra inmoral.
El filme no logra conectar ni en su aspecto cómico ni en el cruel. Su tono resulta blandengue y los personajes se asemejan demasiado a estereotipos, careciendo de la profundidad necesaria para captar la atención del público.
El director suizo tiene la habilidad de construir un universo a partir de la tensión entre opuestos. Sin embargo, en ocasiones, la película, llena de vitalidad y energía, puede verse afectada por la claridad de su mensaje moral.
Inspirándose en 'Historias de San Valentín', la película logra juntar a un elenco estelar, emparejándolos con una química forzada y ubicándolos en un conflicto superficial. Resulta ser una fábula vacía.
Las tramas se quedan en simples anécdotas y los personajes son solo sombras de lo que podrían ser, meros intentos fallidos que parecen sacados de postales navideñas.
Melodrama autorreflexivo que se muestra distante en su forma de abordar el tema. Sin embargo, es denso y apasionante en su exploración de un asunto que parece no tener un cierre definitivo.
No sabemos cuál elemento de 'La llave de Sarah' es más atroz. Es evidente lo arriesgado que es abordar el tema del Holocausto, y Paquet-Brenner no evita ninguno de los fallos que podrían hacerlo merecedor de nuestra desaprobación.
Poderoso noir que destaca por sus ideas sorprendentes. Su originalidad produce una fascinación particular, en gran parte debido a su inusual representación de China en medio de su transición hacia el capitalismo.
La trama cambia de dirección de manera confusa, lo que podría frustrar a la audiencia. Si una película requiere tanto tiempo para aclarar su historia, es evidente que ha cometido errores en su desarrollo.
Affleck se pone al servicio de la historia, filma con nervio tres secuencias de robo, invierte su tiempo en mimar las relaciones entre los protagonistas y es menos cuidadoso con los secundarios.
La primera parte es excepcional, pero en su segunda mitad pierde fuerza. Audiard opta por recursos de melodrama poco sofisticados y, en ciertos momentos, recuerda a un Iñárritu en sus días menos inspirados.
No todos los chistes logran impactar y en ocasiones su crudeza no se alinea con el ingenio de Atkinson. La falta de ritmo en el clímax final y la rigidez de algunos personajes secundarios evidencian que Mr. Bean no logra resonar de la misma manera fuera de la televisión.
El guion de Thomas Bidégain refleja una meticulosa observación del protagonista. Sin embargo, en ocasiones, este detallismo puede resultar tedioso, y lamentablemente, McCarthy no consigue aportar la intensidad emocional necesaria en las situaciones diarias.