La primera parte resulta memorable, asemejándose a una sitcom cruel que podría haber sido concebida por Hitchcock y Buñuel. 'Parasite' ofrece una lección sobre la creación de cine social sin recurrir a clichés evidentes, demostrando también cómo aprovechar el espacio fílmico de manera efectiva.
Tal vez resulte un tanto tosco, aunque es inevitable conmoverse frente a la desesperación de este hombre común. El hallazgo positivo de esta fábula es que convierte a su héroe en una figura similar a un Jesús contemporáneo.
Hilarante mezcla de «giallo» y episodio de la serie «Thriller», sazonado con sardónicos homenajes al realismo social británico. Es imposible no admirar un filme que brilla con más intensidad que una noche de rojo satén.
En la primera parte, el humor ácido y retorcido característico de la producción, junto a la destacada actuación de Colin Farrell, logran eclipsar la sensación de familiaridad presente en su trama. Sin embargo, la segunda parte resulta ser mucho más ostentosa.
Desde la humildad de la obra que se reconoce como menor, parece un compendio juguetón de todas las obsesiones de Polanski. Tanto Seigner como Amalric disfrutan enormemente, y el público se siente llevado por esa energía.
Un singular despropósito. Del anacronismo brotan los problemas de la película: la falta de ritmo, el capricho de la acumulación, la insustancialidad de los guiños cinéfilos, los equívocos de un casting que no acaba de estar aprovechado.
Está escrita al milímetro, y su artificio está calculado para adaptarse a otro artificio, el de una representación de perversiones que despierta una sonrisa congelada en el espectador.
La película sigue ofreciendo lo mejor de sí misma en cada movimiento. Las escenas de acción son impresionantes. Resulta complicado elegir una en particular, aunque me pareció admirable todo el primer capítulo.
El montaje carece de coherencia espacial, lo que provoca un desbordamiento de la acción. Sin embargo, algunos hallazgos visuales en las escenas de acción generan expectativas sobre el futuro de Dev Patel como director.
Es más hermosa cuando retrata a la mafia en sus rituales de afirmación de una normalidad sanguínea que cuando sirve como medio para que, teóricamente, Chiara entienda a qué mundo pertenece.
Maresco parece burlarse de la serie de monstruos que tiene frente a su cámara, pero su representación de una Italia primitiva resulta ser tanto divertida como inquietante.
Las aspiraciones artísticas ahogan la supuesta abstracción. Se trata de una película de culto creada artificialmente, lo que implica que en realidad es una mala película de culto.
Gomorra es una cruda representación del conflicto que, sin necesidad de predicar moralidades, deja a la audiencia helada al presentar la realidad desgarradora que retrata.
Kore-eda no logra capturar la esencia poética de lo cotidiano. Aunque hay una buena película en «Unimachi Diary», jamás tendremos la oportunidad de verla.
Mal viver es una película que sufre debido a su estilo implacable y un tono constantemente monótono. Se busca despojar al melodrama, conservarlo en una rigidez de reflejos apagados, y contemplar su último suspiro.
Un soplo de aire fresco entre tanta corrección política. ¿Acaso no hay que aplaudir a una película que no tiene sentido del ridículo, que se lanza sin paracaídas a abofetear al público? «mother!» resulta de lo más sorprendente.
El filme intenta desconcertar y molestar al espectador con su inquietante realismo. Se asemeja en ciertos momentos al trabajo de Carlos Reygadas, contrastando junto a las pretensiones de una instalación artística que, en su búsqueda de ser enigmática, termina resultando demasiado evidente.
Misma receta, menos sabor. Abusa de situaciones un tanto forzadas que surgen del relato con menos fluidez de lo habitual, como si los grandes cineastas belgas estuvieran cayendo en la complacencia.