Un autómata de baja calidad que, con su mecánica, trata de replicar el giallo más inverosímil, el romance gótico más extraño y el thriller metadetectivesco más absurdo. El principal inconveniente es que se toma a sí misma con excesiva seriedad.
Maiwenn carece de habilidad para crear personajes y situaciones creíbles, y sus intentos de añadir toques de comedia o de camaradería terminan siendo absurdos.
La película se enfoca en la singular belleza del paisaje, utilizando las amplias distancias y la sensación de tiempo detenido como características distintivas. Sin embargo, deja de lado por completo la tensión dramática.
La solidez del discurso y la elegancia de la puesta en escena confirman a Clooney como un director destacado, logrando que la película tenga la calidad del cine clásico, capaz de narrar historias de manera cautivadora.
La película presenta momentos realmente cómicos, aunque también hay secuencias que parecen perder el rumbo. Comienza con una citación de Ross Perot sobre la ausencia de reglas en la política, pero en esta comedia sí existen, y Jay Roach parece no tenerlas del todo claras.
Megalópolis se dirige hacia la sátira, pero sus personajes parecen pertenecer a diferentes realidades. La película transita entre lo grotesco y lo serio, mezclando ideas poco desarrolladas con un estilo exagerado.
Un ritual de encuentros fallidos y tristes que conforman un enriquecedor retrato de personaje. No debe molestarnos la frialdad congénita de su puesta en escena, su implacable objetividad.
Pena de Penn. Sorrentino utiliza el Holocausto como un pretexto para justificar esta insípida y superficial «road movie», transformando lo que ya era una película decepcionante en una obra inmoral.
Affleck se pone al servicio de la historia, filma con nervio tres secuencias de robo, invierte su tiempo en mimar las relaciones entre los protagonistas y es menos cuidadoso con los secundarios.
No todos los chistes logran impactar y en ocasiones su crudeza no se alinea con el ingenio de Atkinson. La falta de ritmo en el clímax final y la rigidez de algunos personajes secundarios evidencian que Mr. Bean no logra resonar de la misma manera fuera de la televisión.
Son relatos simples que no requieren de grandes tramas, ya que se sumergen en una tradición que combina una mezcla peculiar de esperpento y costumbrismo característico del cine español, donde destacan las actuaciones auténticas.
El filme se siente como un thriller aburrido y predecible, con una historia de amor que intenta revitalizarlo, pero carece de la profundidad necesaria para explorar los dilemas morales que plantea.
Dos horas y media de película con un estilo único, con solo 30 imágenes y pocas palabras. Esta obra se posiciona como una de las más destacadas del siglo.
Kurzel maneja con gran destreza las escenas de tensión, las persecuciones, los atracos a bancos y los tiroteos, aunque se puede criticar a "The Order" por su adhesión excesiva a las tradiciones del género.