A veces parece que Dutta tiene buenas ideas, pero la manera abrupta en que concluye algunas escenas o la excesiva prolongación de otras afecta la efectividad de la narrativa. Además, el aspecto de terror es prácticamente inexistente.
Puro Boris Vian. Es una adaptación fiel del libro. Existen varias subtramas, algunas bien logradas y otras no tanto. Sin embargo, cuando la historia toma un giro más oscuro, Gondry maneja el cambio de tono con una sorprendente madurez.
Para comprender un duelo y que realmente resuene, es fundamental establecer una conexión afectiva. “Mi vida con Amanda” logra este desarrollo de forma muy orgánica.
La premisa resulta intrigante y desconcertante. Los excesos, aunque entretenidos, parecen más un indicativo del desgaste de una idea que de una verdadera confianza en la transgresión propia del género de terror.
Tal vez el problema del cine de Loach radica en su exceso de fe en la relación causa-efecto. Para respaldar su visión, Loach manipula los resultados. Se puede decir que es un capitalista de las emociones del proletariado.
A pesar de la calidad narrativa de la película, parece que Carrère no logra manejar adecuadamente el síndrome de la impostura, un tema que trató con gran éxito en obras como “El adversario”.
Un guion que funciona con precisión. Nacar prioriza el resultado sobre los métodos, lo que ocasionalmente lleva a soluciones inesperadas que rompen el realismo de la narrativa.
Para Preciado, la película actúa como un mapa de una utopía tangible, donde lo 'queer' inunda nuestras capacidades imaginativas y se transforma en una poderosa fuerza metamórfica.
Brinda una perspectiva educativa y compasiva sobre los desafíos y las conexiones necesarias para forjar una identidad que lucha por afirmarse en cualquier circunstancia.
Una fábula implacable, que trabaja magistralmente los tiempos muertos para crear tensión y que, con elegancia, estrangula la empatía que el espectador pueda sentir con el amor incondicional que lleva dentro una madre equivocada.
A través de imágenes simples, el filme revela que el cine es un reflejo constante de nuestra identidad, una especie de "cerebro del mundo" donde se puede recuperar tanto la memoria histórica como la personal.
Los actores brillan en sus interpretaciones y la dirección es elegante, aunque hay un desbalance en la narrativa. La película promueve la reconciliación, pero los mensajes se sienten excesivamente intensos.
El estilo poético de Guzmán, junto con sus hipnóticas imágenes, refleja la esencia de Malick. A pesar de que no todo resulta efectivo, se valora su perspectiva única del mundo.
Lou Ye presenta una narrativa que se siente incompleta. El deseo que consume a varios personajes, el cual impulsa las complejas relaciones en la película, resulta ser más confuso de lo que se esperaba.
Un ejercicio delirante. Enorme palíndromo sobre el amor y la solidaridad, obliga a que varios actores hagan el ridículo interpretando a personajes bajo capas imposibles de maquillaje.
Es cautivador cómo Vigalondo presenta los dos mundos de su atormentado protagonista utilizando texturas visuales tan contrastantes. Sin embargo, en ocasiones, "Vertigo" parece limitarse a su propia repetición sin alcanzar nuevas dimensiones.