Una película desenfocada e incierta que no sabe claramente qué quiere ser: un thriller sobrenatural, un drama familiar, un cuento de terror gótico o simplemente un proyecto influenciado por la actual moda del nuevo fantástico español.
La capacidad de síntesis, la falta de sentimentalismo y la catadura moral de su visión del mundo hacen de esta película uno de sus mejores logros, y uno de los más luminosos.
Sandra Bullock no aporta nada nuevo a su personaje: su actuación se basa en los clichés típicos del drama de autosuperación, presentando una heroína que recuerda a los modelos de un telefilme cargado de condescendencia.
Centrarse en los personajes permite que la película evite, en cierto modo, las tendencias más oscuras de este descenso a los infiernos y logre explorar el sentimiento de comunidad que se desarrolla entre los inmigrantes.
Sorprende la eficacia y la concreción con que Kormákur saca provecho de una situación única, la acción, que es puro músculo, sostiene por sí sola a esta modesta y disfrutable serie B.
En busca de la gracia de Eddie Murphy. Intenta recuperar, sin éxito y con torpes estrategias, el encanto del original al repetir números musicales, situaciones cómicas y escenarios exóticos y urbanos.
Es un experimento estimulante, un ejercicio estructuralista tanto didáctico como creativo que emerge de la dialéctica entre diferentes tiempos discursivos.
Presenta a Kapuscinski como un héroe sin mácula, lo cual es el mayor defecto del filme. La singularidad de «Un día más con vida» radica en su combinación de animación y documental, resultando en un contraste productivo.
Lamentable la película, con una frivolidad sonrojante, se atreve a poner al mismo nivel un romance de novela rosa y el sufrimiento de las víctimas de la guerra.
Ejemplar. No es un documental fácil de ver, y no solo por las impactantes imágenes que presenta, sino también por la poderosa moraleja que transmite. Lo mejor es la agudeza de sus argumentos.
Es una película sobre la traducción, en el más amplio sentido del término, y, coherente con su premisa, uno tiene la sensación de que, al final, también hay algo que le separa de ella, que desenfoca su sentido, o que lo reinventa de un modo que se nos escapa.
Ese suntuoso y elegante festín de colores, junto con decorados exquisitamente elaborados, refleja la profunda sabiduría cinematográfica y la sensibilidad de su autor. Sin embargo, esta misma belleza visual se convierte en la mayor virtud y a la vez en el mayor talón de Aquiles de la película.
Es la versión Disney de “Los idiotas”. Si logra evitar convertirse en una versión extendida de un anuncio de la Dirección General de Tráfico es porque apunta, a ráfagas, una cierta reflexión sobre la crisis de la masculinidad.
Es un remake que no aporta nada nuevo a sus antecesores: resulta tan tedioso e irrelevante como el filme protagonizado por Barbra Streisand y Kris Kristofferson en 1976.
David Gordon Green no acaba de resolver la sensación de déjà vu que desprende el film, aunque demuestra que Nicolas Cage puede ser un excelente actor a pesar del botox y que, a veces, la sensibilidad no está reñida con la materia prima del Gótico Sureño más manido.