Dos enigmas, una obra maestra. Los personajes son un misterio, al igual que la película misma, que se presenta como un acertijo magistralmente construido por diversos elementos.
Es mérito de Von Groeningen y Vandermeersch, así como de las excelentes interpretaciones de Marinelli y Borghi, que la película logre transmitir esa relación de amistad basada en la generosidad y la empatía.
Frívolo Boyle, un carnaval para la generación MTV. Comparada con 'Enterrado', muestra más inconsistencias, aunque resulta tan entretenida como la propuesta de Cortés.
El estimulante diálogo que se produce entre las conmovedoras interpretaciones de Dario Argento y Françoise LeBrun define el espíritu de la obra de Noé.
Es en el relleno que compara las imágenes geriátricas con las del original de 1966 donde el filme encuentra su razón de ser. Sin embargo, ni siquiera las escenas de Trintignant y Aimée logran funcionar.
Un filme fallido es de una tosquedad insólita, no se entiende su acabado televisivo y desmañado, con un clímax final que parece rodado por un principiante.
Una de las secuencias más hermosas del filme en la que Mija habla con una campesina. Es en esos momentos donde es fácil reconocer a un cineasta –y a una actriz– de raza.
Uno de los principales atractivos de la película es el enfoque narrativo. Aunque Lacuesta no busca crear una obra generacional, el resultado es inevitablemente una reflexión sobre la leyenda.
Asombrosa conmovedora delicia, que, desde un dibujo de línea clara y con el sentimiento a flor de piel, se alinea con lo mejor de la animación japonesa.
También habría podido titularse “Jesucristo Superstar, paramédico”. Su estructura narrativa se asemeja al martirologio clásico. La puesta en escena resulta extremadamente efectista.
Es un ejemplo de narración eléctrica, a la que no le sobra ni le falta un gramo de fibra, y que funciona con una precisión que presiona el nervio de la empatía. Es preciosa la forma en que los directores filman las acciones.
Una película menor, un título de fondo de armario que explota un concepto sencillo y eficaz para entonar, otra vez, un himno a la tolerancia hacia lo diferente y una celebración de la amistad.
Maestro de la fluidez narrativa, Audiard entrelaza los deseos y fracasos de este trío calavera, destacando la desenvuelta actuación de Lucie Zhang, con una agilidad que mantiene el interés del espectador.
Lo que importa es ese niño, Samet Yildiz, y su mirada, y cómo la captura Ferit Karahan en esta película autobiográfica. Aquí se revela la esencia de la infancia que también se encontraba en cineastas como Kiarostami.
Acierta de pleno en la frescura de las interpretaciones y en la construcción de un espacio que funciona como refugio de cemento. Sin embargo, no siempre logra estar a la altura del costumbrismo que intenta evocar.
Preciosa una experiencia bella y empática, que explica desde el corazón la alegría que deben sentir los arqueólogos al encontrar dos esqueletos que se abrazan.