Esta película se sostiene mayormente en clichés comunes sobre la paternidad y la vida yuppie, mostrando una falta de profundidad que recuerda a una portada anodina de una revista de Nueva York.
Al final, la película logra mantenerse a flote, a pesar de sus evidentes defectos, gracias a la credibilidad y el ingenio de actores como Gould, Sutherland, Skerritt, Jo Ann Plug y Roger Bowen, quienes aportan un toque mordaz y divertido a la historia.
Alfred Hitchcock demuestra maestría al dirigir a sus protagonistas y construir la acción con una atmósfera de suspense. A pesar de ciertos diálogos que pueden resultar excesivamente técnicos, logra mantener un ritmo fluido y constante en el movimiento de la cámara.
La película, basada en la obra de Maxwell Anderson y adaptada de la novela de William March, mantiene un enfoque más teatral que cinematográfico. Sin embargo, está bien realizada dentro de esa categoría.
La inteligencia de los personajes, sus diálogos electrizantes, el cinismo y la sagacidad de la trama son elementos que contribuyen a que esta película de Joseph L. Mankiewicz sea un referente esencial en su filmografía.
Su tristeza general y su tragedia psicológica son demasiado pesadas para el atractivo general. Con esa configuración, y a falta de un aderezo para la marquesina, es más bien un éxito artístico para el gremio de los carruajes.
El director, el camarógrafo y el equipo artístico destacan en su trabajo, pero la escritura presenta limitaciones en originalidad y no logra alcanzar las expectativas establecidas por la premisa.
Es un concepto divino y, tras un comienzo flojo, el director Emile Ardolino le saca todo el jugo posible, al tiempo que obtiene la calidez necesaria de las sólidas interpretaciones de Goldberg y Smith.
La dirección de John Huston muestra falta de creatividad, aunque logra incorporar un toque de humor y audacia. A pesar de ofrecer una promesa atractiva al principio, no logra cumplirla a lo largo de la película.