Gena Rowlands brilla en su papel de una mujer fatigada que elige arriesgarse por un joven. Este último es una combinación adecuada de empatía y explosiones de temperamento infantil.
Un curioso cruce entre el misticismo oriental y un sentimentalismo empalagoso, que presenta relanzamientos de escenas clásicas de conflicto racial y cultural al estilo de Murphy, además de criaturas transformadas mediante efectos visuales.
Es un notable avance tanto en tecnología como en arte, revelando el lado más sombrío de Henson y Oz. A la vez, ofrece una valiosa lección de moralidad para los más jóvenes y resulta un entretenimiento atractivo para los adultos.
Esta película se sostiene mayormente en clichés comunes sobre la paternidad y la vida yuppie, mostrando una falta de profundidad que recuerda a una portada anodina de una revista de Nueva York.
Al final, la película logra mantenerse a flote, a pesar de sus evidentes defectos, gracias a la credibilidad y el ingenio de actores como Gould, Sutherland, Skerritt, Jo Ann Plug y Roger Bowen, quienes aportan un toque mordaz y divertido a la historia.
Alfred Hitchcock demuestra maestría al dirigir a sus protagonistas y construir la acción con una atmósfera de suspense. A pesar de ciertos diálogos que pueden resultar excesivamente técnicos, logra mantener un ritmo fluido y constante en el movimiento de la cámara.
Una historia tan inverosímil que supongo que fue concebida como una fantasía. Y nos da diálogos y situaciones tan implacablemente cutres que queremos retorcernos.