Un artefacto divertido y de gran éxito, lo cual es algo distinto de una gran película. (...) Arranca con brillantez (...) interminable y enloquecido aquelarre final.
No hay en el argumento un alarde de ingenio ni de novedad, pero se debe reconocer al director por ser un vehículo que permite resaltar las virtudes cómicas de sus dos protagonistas.
Con enorme armonía visual y poesía interior, es una pequeña joya sobre los lazos, las riendas y el mantener el equilibrio en la vida, explorando el camino entre saltos y tropiezos.
La intriga, el ritmo y la atmósfera de trama política, religiosa y bélica se desarrollan rápidamente, lo que la convierte en una experiencia claramente entretenida. Habrá quienes extrañen a Gene Kelly y otros que añoren a Dartacán y los tres mosqueperros.
Lo hipnótico de esta película no está en su trama, ni en su capacidad de aliar sensibilidad, emoción y miedo, sino en el diseño y visión de un escenario tan impresionante como decadente.
El director y guionista incorpora el elemento sobrenatural de una manera arbitraria, lo que provoca que la coherencia histórica se resuelva de cualquier forma. Sin embargo, hay que reconocer que la producción es destacable y Lydia Bosch logra brillar en su papel.
Película rebuscada y astuta. Los personajes secundarios son un bálsamo, ya que actúan como los raíles por los que transita, en ocasiones, ese tren descarrilado que es el protagonista.
Dentelladas de un género al otro que tienen la singularidad, sí, de estar preñados ambos con la gigantesca sutileza de este director en un melodrama mesetario, toledano, y tan de interior, tal vez le falte una especia al caldo.
Trata cuestiones de «clase», de sentimientos, de indignación o simplemente morales mediante la caricatura de personajes y de situaciones que resultan tan propias, entrañables y graciosas como para pasar un buen rato junto a ellas.
El argumento se mueve entre explosiones y crueldades, pero se disfruta con la comodidad, el entretenimiento y la visceralidad que solo el cine puede brindar.
Foster crea una intriga intensa, donde cada minuto cuenta. Su montaje, dinámico y ágil, mantiene al espectador en vilo, similar a un galgo esperando en su cajonera.
Si uno aguanta las ganas de irse a sacar ya las minucias de su cuenta bancaria, llega la diversión: la escena de enfrentamiento en el Guggenheim de Nueva York, la mejor de la película.
Podría reprochársele al director, Peter Segal, su tentación de «telefilmizar» su historia con varios hilos argumentales que rebajan los ácidos de esta cosa tan graciosa sin más, pero sin menos.
Un guion funcional que presenta numerosas escenas emocionantes y visualmente impactantes. Es importante no dejarse llevar por apariencias; es necesario disfrutar de lo que ofrece en cuanto a artificio y convencionalidad, ya que, al igual que en anteriores entregas, no se menciona a Esquilo.
La burla, la ironía, el retrato sórdido y despiadado, las situaciones de frenopático... y todo ello hilvanado con el impudor y la desvergüenza que muchos no apreciarán y que otros tantos disfrutarán.
Como película apocalíptica, Adam McKay logra transformarla en una experiencia entretenida, buscando que su metáfora funcione siempre en un equilibrio entre lo plausible y lo increíble.