La directora combina sutileza, dureza y una magnífica ambientación para dar vida a su narrativa, mientras que la actriz Alba August aporta su propio talento para enriquecer la experiencia.
Es imposible encontrarle a esta elaboradísima pintura la grandeza de su anterior obra maestra, «La gran belleza», pero es cierto que Toni Servillo alcanza de nuevo la cumbre de su personaje.
La producción, ambientación e interpretación es muy competente, aunque se resuelva de modo «peliculero» y melodramatice algunos de sus personajes y situaciones.
Este documental destaca la incomodidad de Saura consigo mismo, lo que resulta curioso y a la vez entrañable. Refleja no solo su esencia personal, sino también la conexión con su familia y la complejidad de su obra.
La afirmación y reivindicación femenina adecúa su temperatura a lo melodramático, a lo romántico, a lo gótico y a lo estrambótico, con un buen acabado visual y un cítrico zumo de pasiones y emociones.
Narra con una efectiva ambientación de época y un buen espíritu. La historia resulta entretenida y reveladora, aunque no alcanza a satisfacer del todo en términos cinematográficos. A pesar de esto, se sitúa como una obra adecuada para ser disfrutada por toda la familia.
La historia de esta batalla es fascinante, aunque no tanto como esos dos personajes, y el director intenta contar los hechos con narrativa clara y ordenada, a pesar de lo cual no puede evitar que las ideas (...) se empastelen (…) Puntuación: ★★★ (sobre 5)
Mladenovic logra crear un retrato áspero y sombrío solo con el uso de la cámara. Aunque la trama resulta confusa, las imágenes tienen la fuerza suficiente como para provocar la necesidad de disfrutar de un par de cervezas.
A Doillon le puede el texto, la necesidad de convertir a su personaje en un ser a la vez silencioso y parlanchín. La sensación es de que aporta poco y no importa mucho más.
Lo más destacado de la película es su guión. Boyle elige acertadamente no incluir «lo importante» en su retrato, pero pone su atención en los detalles del hiperrealismo que se esconden dentro de esos tejanos y del polo negro.
Se entra a la película con la esperanza de un rastreo, un contacto con el genio, pero se sale de ella con la fe de un doble e inesperado gran encuentro, con la tecla de un músico inmortal y con la de un joven cineasta que llega en tromba.
La figura de Papusza, su originalidad poética y su esencia romaní, no queda tan bien encuadrada en la película como el impresionante envoltorio que la cubre: mira la figura, pero hipnotízate con el fondo.
Una especie de "thriller" en el que la política, los medios de comunicación y los derechos civiles se manosean como en el cuarto oscuro de un sex-shop. Destaca la excelente interpretación de Daniel Brühl, como siempre.
Waddington presenta de manera muy cinematográfica al personaje, despojándolo de cualquier pretensión y envolviéndolo en un mundo de celuloide. Se trata de un retrato ágil y entretenido.